24 de Septiembre de 2018

Opinión

¡Diiillmaaa!

La FIFA ha creado ilusión sobre el bienestar social que desparrama con sus espectáculos.

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A Lula se le hizo fácil, y a Dilma Rousseff también. Se les olvidó que la FIFA es el capitalismo salvaje más salvaje que nunca, disfrazado de jogo bonito. Que la realidad supera cualquier gol de Neymar, que la propaganda no basta para tapar las favelas con un dedo.

Por alguna extraña razón, solo atribuible al alzheimer selectivo, Lula y Dilma creyeron que la FIFA era una ONG protocomunista y que derramaría sobre su país las ganancias de tan suculento negocio deportivo.

Por dejarse seducir por Joseph Blatter y Pelé, que con gusto venderían a su jefecita si les redituara, a Dilma y Lula se les olvidaron las clases de marxismo, las lecturas de Jorge Amado, las novelas y las canciones de Chico Buarque y películas como Ciudad de Dios, y Tropa de élite, pero sobre todo que aquello de que el futbol, la samba, las garotas y las caipirinhas son folclor para turistas, que la realidad es más densa que los slogans sobre el gran país emergente con bossa nova incluido.

La FIFA ha creado tal ilusión sobre el bienestar social que desparrama con sus espectáculos, que a pesar de los notorios abusos contraactuales que son como de agiotista de película de Pepe El Toro que, a pesar de las evidencias se anida en el corazón de la Femexfut la posibilidad de quedarse con la Copa Mundial como en 1986. Primero para asegurar que la selección mexicana, ese chiste que se cuenta solo, llegue a la cita mundialista, porque vía las eliminatorias, pareciera más fácil que se reconcilien Maderistas, jelipistas y corderistas. Segundo para generar un gran bisne, que en poco o nada beneficiará financieramente al país, para que Decio de Marías & Friends se encueren en el Estadio Azteca.

¿Qué les hace pensar a estos negociantes que ya hacen cuentas alegres, que en México no se pondrían las cosas peor que en Brasil ante la perspectiva de una Copa del Mundo?

Y es que son capaces de armar tal show bajo el nuevo lema del PRIcámbrico temprano: “Modernizar sin privatizar”, refiriéndose a Pemex. Un sofisma. Sobre todo cuando esa modernización no pasa por la limpieza sindical ni la conversión de Robero Deschamps en el nuevo Granier.

Aturdido como está, con las calles atiborradas de indignados, lo único que se ocurrió a un gobierno supuestamente de izquierda en homenaje a la onda chuchística-perredista, es imitar al Pacto por México y organizar su Pacto Brasil que nadie ha tomado en serio ante el peso de la corrupción. ¡Diiillmaaa!

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