15 de Octubre de 2018

Opinión

Discutir las diferencias

Podemos todos elegir tener la razón a toda costa y nos daremos cuenta que el fruto de este enfrentamiento será demasiado amargo para poderlo disfrutar.

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Hace casi veinte años escuché el relato de un par se sacerdotes salesianos: venían manejando por la sierra de Guerrero, no iban vestidos como sacerdotes sino como cualquier persona, era una mañana con mucha niebla en la carretera, al ir descendiendo de una montaña entraron a un pequeño poblado y en una curva surgió de entre la vegetación un cerdo que cruzó de improviso el camino, no lo pudieron evitar y lo atropellaron, se detuvieron y casi de inmediato se congregaron alrededor suyo un gran número de indígenas del poblado,  varios de ellos con machete en mano y con el poco español que sabían les dijeron claramente: “Pagas puerco o chin… madre”, ante tal claridad los sacerdotes pagaron. 

El episodio, que puede resultar incluso un tanto gracioso, refleja con claridad una de las actitudes más comunes entre nosotros los humanos: no sabemos y no hemos aprendido a discutir, la palabra proviene del latín discutere que significa disipar, resolver, la primera acepción de la palabra en el diccionario de la RAE dice: Examinar atenta y particularmente una materia. La mayoría de nosotros hacemos muchas otras cosas, pero no lo que la palabra señala, casi siempre ante la diferencia de ideas lo que acabamos haciendo es caer en una disputa o riña y acabamos enzarzándonos en una batalla para hacer prevalecer nuestra opinión.  

¿Cuáles son las razones de nuestra propensión a entablar semejantes combates? La mayoría de las veces iniciamos una riña por tonterías, comenzamos a hablar acerca de algún tema para posteriormente dejarnos llevar por el enojo y acabar perdiendo el control de nuestras emociones; continuamos con un empeño inusual no tanto en encontrar la verdad o un punto de acuerdo, sino en poder utilizar todo el poder de nuestra lógica y conocimientos para lograr derrotar al oponente en una batalla en muchas ocasiones francamente ridícula.

Más frecuentemente de lo esperado, estas disputas tienen su origen en un afán de posesión de la verdad, en la desesperada actitud de demostrar que yo tengo la verdad; si pudiéramos evitar caer en el juego de lo mío y lo tuyo, un enorme número de polémicas se acabarían antes de haber empezado. La malsana actitud de poseerlo todo, incluso la verdad, acaba en no pocas ocasiones dañando cosas tan valiosas como el amor o la amistad, haciéndonos perder el respeto por las cosas que en verdad son importantes en nuestra vida.

Muy bien llegó a entender todo esto el papa Juan XXIII, quien, siendo nuncio apostólico en Francia, tuvo que presentar sus credenciales al primer ministro Edouard Herriot, quien era agnóstico; al saludarlo el futuro Papa le dijo: “Tengo entendido que Vuestra Excelencia y yo no pensamos igual. Después de todo, señor presidente, lo único que nos separa son las ideas, ya ve, bien poca cosa”.         

No es que el Papa no haya comprendido la importancia de defender sus ideas, sino que entendía con absoluta claridad aquello que señalaría durante su pontificado: “Pensemos sólo en lo que nos une y no en lo que nos separa”. La actitud de apertura a las ideas ajenas es indispensable para poder dar el mejor cauce a las lógicas diferencias que, por ser únicos e irrepetibles, han de surgir entre nosotros.

Aquilatar el valor de la paz en la convivencia y toda la riqueza que deja a cada uno de nosotros la relación con los demás son elementos más que necesarios para poder en verdad transitar exitosamente por esta vida. Si pudiéramos ver nuestras acaloradas discusiones como un tercer y lejano espectador, realmente ajeno a lo que sucede, entenderíamos en cuánta tontería desperdiciamos nuestros esfuerzos y buena parte de nuestros días.

Es indispensable no sólo entender sino hacer parte de nuestra vida la verdad que nos señala que los mejores edificios se construyen sobre la firme roca de nuestras coincidencias y no esperar construir buenas relaciones con firmes cimientos sobre las arenas movedizas de nuestras diferencias.

Podemos todos elegir tener la razón a toda costa y nos daremos cuenta que el fruto de este enfrentamiento será demasiado amargo para poderlo disfrutar, o decidir que existe la posibilidad de que el otro tenga razón en algo o en todo. Podemos ensanchar nuestro corazón para que en él puedan vivir en armonía y con respeto tus opiniones y las mías, podemos elegir vivir en un mundo donde lo único que nos separe sean nuestras ideas o decidir morir en el triste intento de imponer siempre las nuestras, ¿Qué decidiremos elegir?

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