24 de Mayo de 2018

Opinión

Doce años de bisturí

El Mundial me trajo el recuerdo de un viaje realizado hace años a Brasilia, inaugurada en 1960 y bautizada como la Capital de la Esperanza por André Malraux...

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Hace años visité Brasilia, inaugurada en 1960 y bautizada como la Capital de la Esperanza por André Malraux, por la utopía igualitaria encarnada en el entonces presidente de orientación social Juscelino Kubítschek y porque sus arquitectos Niemeyer, Costa y Marx (lo juro) tomaron como modelo la Carta de Atenas, manifiesto urbanístico de cómo deben ser las ciudades publicado por Le Corbusier en 1942. 

En el Congreso Nacional nos tocó un guía dicharachero y radical que hablando entre portugués y español nos mostró, primero, la Cámara de Diputados, recinto austero, sin sillas y un simple atril como tribuna. Pero ¿no se sientan? le preguntamos. No lo necesitan, dijo, vienen poco tiempo, se pelean y se van sin resolver nada. 

Después pasamos a la Cámara de Senadores, recinto lujoso en el que unos cuantos señores de edad avanzada bostezaban cómodamente apoltronados en gigantescos sillones. Entre estos –nos dijo nuestro guía- hay algunos vitalicios que sólo vienen a dormir de vez en cuando y se van. 

En la planta baja recorrimos una exposición sobre Pedro I, Emperador de Brasil en cuyo tiempo se decretó la independencia. ¡Qué maravilla!, comentamos, el heredero de la metrópoli fue el mismísimo padre de la nación. Para nada, contestó nuestro guía, ese se quedó sólo para dedicarse a la fiesta y las mujeres. 

Quedamos maravillados: en un solo recorrido, nuestro anarco guía había dado al traste con la representación popular, la presencia patricia del Senado y la autocracia fundadora. 

Mucho tiempo me figuré que en el diseño sin asientos de la Cámara de Diputados, Niemeyer había pensado en el ágora griega: la democracia directa del ciudadano de a pie apersonado en la plaza para hablar y decidir. 

No he logrado determinar si originalmente el recinto fue diseñado así o nuestro ocurrente guía aprovechó alguna remodelación para aventarnos su rollo, pues hoy aparecen sillas en las fotos. 

Y ahora que el Mundial de Brasil me trajo el recuerdo de ese viaje y pensando en la reforma política de México, se me ocurrió que eliminar los asientos en la Cámara puede compensar algunos riesgos de la reelección consecutiva de nuestros diputados, permitida ahora hasta por cuatro períodos. 

Así, se daría un tono marcadamente republicano y popular a su gestión y se impondría una disciplina espartana para tratar los asuntos, abreviando su resolución en vías de evitar la aparición de várices y trombosis en nuestros representantes, pues se sabe que trabajar parado conlleva ese riesgo profesional. 

Además, como el argumento común para justificar la reforma es propiciar la formación y desarrollo de la carrera legislativa de los elegidos, la falta de asientos puede ser también un factor para estimular la concentración y evitar divagaciones, con mayores resultados didácticos.

Serán doce años de carrera, a lo que no llegan ni siquiera nuestros sufridos médicos que pasan años en quirófanos para acreditar el uso legal del bisturí en nuestros sufridos cuerpos. Hay que pensarlo.

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