10 de Diciembre de 2017

Opinión

Doctorado honoris causa al servicio

Más allá del regocijo momentáneo de recibir este premio, me recordó la responsabilidad y el compromiso social que implica el ser médico y comunicólogo especializado en salud.

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Sí, amable lector, estoy verdaderamente emocionado.La noticia llegó a través de la magia del correo electrónico, donde me participaban la decisión tomada por el claustro doctoral de reconocida universidad; de forma unánime y por las acciones llevadas al cabo en el campo de la salud y la comunicación, sería investido como “Doctor honoris causa”.

Sin duda alguna, dicho honor, más allá del regocijo momentáneo, me recordó la responsabilidad y el compromiso social que implica el ser médico y comunicólogo especializado en salud.

Como efecto dominó, se me vino a la mente el siguiente pasaje de nuestro Premio Nobel Octavio Paz (Peregrino de su Patria, 1994): En la vida de las sociedades, hay momentos en que la diversidad de opiniones se transforma en gritería e incoherencia; lo más importante es recobrar la serenidad.

La utilidad social de los medios de comunicación en los últimos cinco lustros es incuestionable. Desafortunadamente en este devenir de logros, hemos llegado a los extremos, donde la crítica se ha convertido incluso en el deporte nacional.

Cuántos años de lucha y trabajo arduo hechos añicos por el comentario mordaz de un joven inexperto y ambicioso, que recurriendo al amarillismo aunado a su deseo irrefrenable de aparecer en la marquesina noticiosa, olvida lo fundamental: la moral informativa; sí, aquella que exige imparcialidad y desnudez, ajena a matices propios. 

Este fenómeno de avidez informativa es mayúsculo en el ámbito de la salud. Los ciudadanos quieren saber no sólo sobre los últimos avances en la medicina, llámense tratamientos u opciones terapéuticas, sino también cómo prevenir enfermedades y mantener la salud.

En la confianza depositada radica la gran responsabilidad, cualquier error lleva a la pérdida de la credibilidad, tanto del medio de comunicación como del emisor.

Si algo cuesta recobrar es la confianza en algo o en alguien, ¿están de acuerdo?

Sólo me resta agradecer y compartir el ser investido como “Doctor honoris causa” con quienes han creído y me han apoyado en este largo trayecto emprendido desde mis años de adolescente, inicialmente bajo la supervisión de mi señor padre, y en mi madurez,  por algunos pocos amigos dentro del ámbito de la comunicación escrita, radial y televisiva.

No menos importante la solidaridad  de mis colegas, que, de forma altruista y desinteresada, convierten sus experiencias en docta guía del doliente.

Hoy y siempre, gracias a la sociedad  y a mi familia, que con sus comentarios me levantan en momentos de flaqueza. ¡Gracias a Dios!

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