22 de Octubre de 2018

Opinión

Dos personajes

Don Raúl Francisco Monforte Peniche y don Ignacio Cejudo Díaz, hombres de bien que han rendido a Yucatán los beneficios de su inteligencia y su capacidad generadora de realizaciones.

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Hoy quiero hablar de dos personas que admiro y respeto, una afortunadamente viva y otra fallecida el viernes 29 pasado: don Raúl Francisco Monforte Peniche y don Ignacio Cejudo Díaz, hombres de bien que han rendido a Yucatán los beneficios de su inteligencia y su capacidad generadora de realizaciones.

Del primero, profesor normalista, industrial pecuario y promotor de la agricultura ecológica, tengo la suerte de ser su amigo hace larguísimos años y de conocer su trabajo y a su familia, construida de la mano y con el amor profundo de su esposa Míriam González, también maestra normalista, y saber bien lo que ha hecho como promotor de avances de relevancia en el campo yucateco.

Del segundo no tuve la suerte de ser su amigo, pero lo conocí gracias a mi oficio de periodista y por ello sé de sus logros y realizaciones en el servicio público, sobre todo de su perfil financiero, como gerente regional del Banco de México, cuyas oficinas le tocó cambiar de un edificio de corte porfiriano –hoy convertido en negocio de ropa y telas- en la calle 65 entre 60 y 62 al bunker que ocupa sobre el Paseo de Montejo y que fue, en sus inicios, el de más avanzada tecnología del banco hoy regenteado por Agustín Carstens.

De don Raúl y don Ignacio puedo decir con conocimiento de causa que son –aunque don Nacho haya muerto su legado permanece- activos necesarios de la historia de Yucatán y marcan hitos en la vida social, política y económica del Estado.

Hablo de ellos hoy porque el mismo día en que se informó de que don Ignacio falleció estuve en San Pedro, el rancho del señor Monforte, donde visité –como ya lo he hecho otras veces- parte de sus logros en vasta zona del Oriente.

Lo que don Nacho hizo ya es historia y hoy que está más allá de las lisonjas puedo decir que fue de inmenso beneficio para Yucatán. Hoy también digo que siempre lo admiré y sentí profundo respeto por él y por su obra.

De mi amigo Raúl digo que, no obstante lo mucho que ha logrado en la docencia, la agricultura, la ganadería y el servicio público –fue secretario de Desarrollo Rural en el gobierno interino de Dulce María Sauri Riancho-, sigue trabajando, proyectando, motivando y siendo eje de una transformación revolucionaria en la agricultura del oriente yucateco.  Una obra que quizá ni él ni yo la veamos concluida, pero que las generaciones que vienen van a agradecer sin duda. 

Y no me hagan hablar del frijol con puerco que almorzamos en San Pedro. ¡Uay!

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