24 de Septiembre de 2018

Opinión

El debate

Los políticos -y no se por qué se me viene a la mente Manlio Fabio Beltrones- suelen pedir “debates de ideas” porque no saben qué es un debate.

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Hace unos días, en una sesión de Cabildo, regidores del PAN y el PRI se enfrascaron en una discusión que terminó con retos a  verse “dónde y como quieras” entre el coordinador de los priistas Enrique Alfaro Manzanilla y el edil panista Elías Lixa Abimerhi. Esa confrontación virulenta se bautizó como debate, pero nada más alejado de lo que significa este término que tiene definiciones y formas precisas.

El pleito entre Alfaro Manzanilla y Lixa Abimerhi me permite plantear aquí las diferencias entre la gresca, el lío de cantina, la diatriba y otros pleitos que se confunden con debate, porque no todas las discusiones son debate. De entrada, si termina como concluyó la pelea verbal entre aquéllos no puede llamarse debate.

Los políticos -y no se por qué se me viene a la mente Manlio Fabio Beltrones- suelen pedir “debates de ideas” porque no saben qué es un debate, puesto que si no es “de ideas” no es debate. También se pide que “sea de altura”, pero si es de “bajura” o de “mediura”, tampoco es debate. Karl Popper, reconocido politólogo, establece, yo diría que con exceso de detalle, las condiciones para que una discusión sea un debate (del verbo latino batuo-batuere, que significa golpear pero sin aniquilar y del que también se derivan combatir, rebatir, abatir, etc.), que no debe terminar con la aniquilación del otro, aunque sí puede ser que con su derrota.

El tema del pleito Alfaro-Lixa era un viaje que realizaron  “funcionarios del Ayuntamiento” a Europa, con escalas en cuatro ciudades no incluidas en el derrotero anunciado y con cargo al erario. Y sí que tiene razón el priista, pero hay una irregularidad más: se incluyó entre los “funcionarios” a la esposa del alcalde, y con todo respeto para doña Diana Castillo Laviada, ser la señora del alcalde no le da rango de funcionaria, ni siquiera su cargo en el DIF. Y aunque lo fuera, no tenía por qué ir a una excursión relacionada con la promoción turística. Quizá sí si el viaje hubiera tenido como objetivo buscar fondos para paliar la desnutrición en Mérida.

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