18 de Noviembre de 2018

Opinión

El deleite de la Diana

Los automovilistas interesados debían ser duchos conductores para apreciar los volúmenes de la diosa.

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En el Distrito Federal, en la calle de Londres, entre Génova y Hamburgo, se encuentra la galería al aire libre de la Zona Rosa, con restaurantes y bares muy agradables. Justo a la entrada puede el paseante encontrar una copia de la primera y única escultura con el rostro y cuerpo originales de la Diana Cazadora, realizada por el escultor mexicano Ariel de la Peña.

La primera estatua de la “Flechadora de la Estrella del Norte”, realizada en 1942 por el escultor Juan Olaguibel, inmortalizó únicamente la juvenil anatomía de Helvia Martínez Verdayes, joven de 16 años que trabajaba en Petróleos Mexicanos,  posteriormente esposa del ex director de Pemex, Jorge Díaz Serrano. Hay que aclarar que la estatua original se encuentra ahora en Ixmiquilpan, Hidalgo.

Para los que vivimos en la Ciudad de México llegar a la Glorieta de la Diana era un destino apreciable. Al centro de la fuente, se erguía imponente el cuerpo desnudo rodeado de rehiletes y chispazos de agua que ocultaban parcialmente sus atributos. 

Era obligado rodear la glorieta cruzando la avenida Reforma, con un ojo al gato y otro al garabato si se deseaba una instantánea de la flechadora sin comprometer el tráfico.  Momento no exento de riesgo, los automovilistas interesados debían ser duchos conductores para apreciar los volúmenes de la diosa y seguir hacia Avenida Chapultepec sin embarrarse con el auto de enfrente. Si la ruta del conductor en su camino de regreso lo llevaba de nuevo al monumento, repetía el mismo procedimiento con tal de disfrutar de otra perspectiva.

En la actualidad, escasamente un metro de altura, encima de un pedestal la estatua referida se manifiesta, toda ella, en bronce refinado, asiendo un arco que carece de cordel y flecha. La “Cazadora” ofrece al encanto de la vista dos senos turgentes, emocionados, en dirección al hipotético disparo. 

Las piernas recias se continúan en un abdomen plano con un ligero levante, el pubis aplanado, sin vello. La poderosa espalda desciende hasta, (podríamos decir), un magnífico par de nalgas, donde, sin entrar en detalles, la nalga izquierda es ligeramente mayor.

Tan singular detalle, y otros más, son ahora evidentes al espectador que, sin prisa, rebases, golpes en las salpicaderas, mentadas de madre o claxonazos disfruta tal deleite capitalino.
 Vaya biem.

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