17 de Octubre de 2018

Opinión

El divino Narciso

La Rendija lleva al teatro El divino Narciso de Sor Juana, en una puesta escénica sui generis digna de verse en fechas de mayo y junio.

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En 1689 fue publicado en Madrid El divino narciso, uno de los tres autos sacramentales escritos por Sor Juana Inés de la Cruz, precedido de una loa, que a juicio de los estudiosos es el más perfecto en su tipo, no sólo dentro de la producción de la llamada Décima Musa, sino de toda la lengua castellana, sólo comparable con los de Calderón de la Barca, su precedente más connotado, pues el auto sacramental no era un género literario bien visto entre las grandes plumas de la época, sobre todo en Hispanoamérica.

En 2016 La Rendija Teatro, enclavada en Mérida, tuvo a bien montar su propia versión de este canto sorjuanesco en un juego áureo bajo la dirección de Raquel Araujo, como parte de las prácticas escénicas de la Maestría en Dirección de la ESAY, cuyos egresados estuvieron presentando sus proyectos en días pasados en varios foros de la capital yucateca.

En esta puesta escénica lúdica y experimental se abordan los ritos aztecas tal y como pretendía su autora, primera en representar a los indígenas mexicanos como seres razonables, capaces de la belleza, representada por los ritos en honor a Huitzilopochtli, el Dios de las semillas. 

Mientras que el texto da cuenta del sincretismo cultural, éste se muestra mediante corrillos y danzas populares (que posteriormente se contrastan con música barroca). Ambos interpretados con acierto por un ensamble en vivo que, discreto, musicaliza todas las acciones a lo largo de la obra.

Asimismo, el espectador es guiado por un recorrido en diversas instancias metafísicas, como El cielo, El infierno y La gracia, pero en este caso literalmente unos y otros son divididos y encaminados por senderos diferentes, de tal manera que uno puede ver la obra más de una vez sin que se repita del todo si el azar así lo determina. 

Apoyada por recursos multimedia, la obra está llena de visuales con temas pictóricos y fotográficos; la escenografía de espejos y otras estructuras cumple al evocar metáforas sensoriales en el receptor, al igual que el vestuario, complementado por accesorios y diseños orgánicos.

Con todo lo descrito anteriormente, resulta obvio que esta es una gran producción, cuyos recursos uno puede ver reflejados en el hecho escénico. El único problema es que con tantos elementos escenográficos, traslados espaciales y el texto en verso del español culto del siglo XVII, uno fácilmente puede verse perdido, puesto que todos los sentidos se encuentran saturados de ideas, de imágenes, de reflexiones. Aunado a esto, tampoco ayuda el ritmo ni la duración de la obra (más de dos horas). 

Afortunadamente estas prácticas escénicas van afinándose función tras función, mismas que vale la pena ver el 27, 28 y 29 de mayo, así como el 3, 4 y 5 de junio. Vaya y juzgue esta fascinante adaptación, que es un teatro no tradicional, cuya experiencia es rica y compleja, digna de atestiguarse.

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