El embrollo de la política social

Nos queda claro que la mera transferencia de recursos a los ciudadanos más desfavorecidos no ha servido.

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Rosario Robles, en un encuentro con analistas del diario El Universal, habló de que va a rediseñar el programa Oportunidades, con la asistencia del Banco Mundial, la Universidad Nacional Autónoma de México y el Banco Interamericano de Desarrollo. La correspondiente nota del periódico, centrada en el posible rédito político —y electoral— que se pueda extraer de la millonaria ayuda a los pobres, no dice gran cosa sobre la naturaleza de los esquemas que se van a implementar en el futuro.

Pero, a partir de algunas declaraciones de la secretaria de Desarrollo Social del gobierno federal, nos queda claro que la mera transferencia de recursos a los ciudadanos más desfavorecidos no ha servido siquiera para disminuir los índices de pobreza en este país. Pareciera, por el contrario, que se ha perpetuado un modelo de pernicioso asistencialismo: hay familias que han vivido ya 15 largos años de las ayudas recibidas y cuya situación sustantiva no ha cambiado.

Fue interesante, en este sentido, el comentario de Sara Sefchovich, investigadora de la UNAM, escritora y columnista del citado diario (por cierto, su libro, México: país de mentiras, aporta una de las más agudas visiones sobre una realidad nacional, la de la mentira, que, en su condición de práctica colectiva, se ha convertido en uno de los rasgos culturales que definen al mexicano, más allá del uso que se le pueda dar en el ámbito político): “… ya en tiempos de Echeverría se hablaba de no dar el pescado sino enseñar a pescar. Siempre empezamos desde cero”.

Las sentencias de Sara son ciertamente desalentadoras. Pero, ella sabe perfectamente de lo que está hablando como observadora muy perspicaz del entorno social. Justamente, con el retorno al poder del partido que fijó la pauta en México a lo largo de siete décadas, podemos preguntarnos si esta vuelta de la mano de Peña Nieto —muy afortunada hasta estos momentos, a mi entender— va a significar una mera reedición de los planteamientos que han estado ofreciendo los gobiernos desde siempre o si estamos viviendo, por vez primera en mucho tiempo, una circunstancia de verdaderas transformaciones.

El tiempo lo dirá pero, por lo pronto, los signos enviados por este gobierno y los resultados que ya ha conseguido dan cuenta de que hemos dejado atrás la dañina inmovilidad de las administraciones anteriores y de que este PRI no es en manera alguna la reencarnación de aquel partido de trasnochados apremios doctrinarios (ese dudoso mérito se lo dejaríamos a la “izquierda” de López Obrador y los suyos) sino una versión moderna de un instituto político que, entre otras cosas, promovió una saludable reforma institucional, creó organismos estatales independientes y terminó por impulsar la alternancia en el poder.

Ahora bien, volviendo al tema de las políticas sociales, lo primero que te cruza por la cabeza es la colosal complejidad que entraña el asunto. Para mayores señas, veamos simplemente dónde se encuentran esas poblaciones marginadas que requieren de atenciones y esfuerzos extraordinarios por parte de los gobiernos: están en zonas donde no hay infraestructura, ni inversión de ninguna suerte, ni riquezas naturales, ni nada. Pero, además de encontrarse donde no existen condiciones mínimas para el desarrollo humano, ¿quiénes son esos mexicanos o, mejor dicho, cómo son? ¿Podrían desempeñarse exitosamente, por ejemplo, en una línea de montaje de una gran planta automotriz? ¿Están capacitados para integrarse a los procesos productivos en un entorno de globalización e implacable competitividad?

Las esperables respuestas a estas dos preguntas nos muestran de manera implacable las dimensiones del problema: estamos hablando de personas que no han podido adquirir las habilidades necesarias para ser parte de un mecanismo económico. Si lo que interesa es su “inclusión productiva”, entonces hay que imaginar esquemas totalmente diferentes en los que el rendimiento económico se pueda generar a pesar de las trabas y los impedimentos.

Pues bien, no es cosa nada sencilla diseñar esos programas. Y, por si fuera poco, las posibles buenas intenciones terminan todas diluyéndose en una marea de burocratismo, desgana de empleados públicos, intereses políticos, corrupción y poco cuidado en el manejo de los recursos. Tal suele ser la muy triste consumación de esos proyectos que alguna vez estuvieron tan claramente definidos en los escritorios de los funcionarios.

El enfoque del programa Oportunidades se va a cambiar. Veamos si la nueva política social rinde frutos. En todo caso, ya no queda mucho tiempo que perder.

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