22 de Septiembre de 2018

Opinión

El endiosamiento del caudillo megalómano

Chávez vivió con todas las intenciones de perpetuarse en el poder para, según él, “rescatar” a la nación venezolana.

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Un tipo que se dedicó en vida a acrecentar desmesuradamente su poder personal, a enfrentar a sus conciudadanos, a promover una esperpéntica adoración a su figura, a polarizar las posturas ideológicas de la población venezolana, a descalificar majaderamente a sus opositores, a pisotear la institucionalidad de la república, a imponerse como un personaje omnipresente en la vida nacional, a frecuentar a los líderes políticos más impresentables de este planeta, a vulnerar arteramente la soberanía de su país colocando a mandos militares provenidos de Cuba en la jerarquía de las fuerzas armadas venezolanas, a dilapidar los recursos petroleros del pueblo para ganarse los favores del régimen dictatorial cubano, a desmantelar la estructura operativa de la compañía estatal de petróleos para que solamente laboraran ahí sus incondicionales, a arrebatar arbitrariamente propiedades a los empresarios privados, a confiscar abusivamente terrenos agrícolas, a desmadrar la economía, a solapar la indecente corrupción de sus allegados, a perseguir a los medios de comunicación que no le eran afines, a lanzar ridículas bravatas a diestra y siniestra, a cacarear logros, epopeyas y heroísmos mientras el problema de la inseguridad pública crecía de manera pavorosa, a reciclar para su engrandecimiento particular la figura de Simón Bolívar siendo que no podemos estar en lo absoluto convencidos de que el Libertador hubiera avalado las prácticas imperiales de este pretendido emulador suyo, a escenificar bufonadas sin el menor recato, a destruir la riqueza de su país y desalentar la inversión extranjera, a amparar a grupos armados que amenazaban la seguridad de sus vecinos, a desobedecer primeramente los mandatos que figuraban en la Constitución y luego mandarse hacer una Carta Magna a modo, a alterar gravemente el equilibrio de los Poderes del Estado metiendo mano en el Judicial y el Legislativo para manipularlos con toda comodidad, a modificar a su antojo las leyes, a redibujar la composición de los distritos electorales para que a la oposición le costara más trabajo ganar representantes en las elecciones, a utilizar todo el aparato del Estado durante las campañas electorales con el propósito de arrollar a sus opositores, a repartir incautamente los recursos públicos para ganarse la incondicional adhesión de las clases populares, a perpetrar un golpe de Estado contra un régimen democrático, a lavarle el cerebro a la población mediante políticas educativas y propagandas implementadas por emisarios del régimen de los hermanos Castro, a deshacerse de cualquier atisbo de oposición en el escenario público, a comprometer imprudentemente el futuro de su país, a socavar la estabilidad financiera condenando a generaciones enteras al pago de los platos rotos, a distorsionar las variables de la economía provocando una desastrosa inflación (y el surgimiento de un mercado negro de divisas donde el dólar se vende muy por encima de su precio oficial), a enemistarse con muchos países de la comunidad internacional de naciones, en fin, lo repito, un tipo que ha hecho todo esto, ¿por qué es endiosado como una suerte de Salvador de la Patria, por qué le rinden los honores de un prócer y por qué recibe los respetos de dignatarios venidos de todos los rincones del orbe?

No lo entiendo. Es el mundo al revés, señoras y señores. Estamos hablando de un personaje abusivo, tramposo, insufriblemente vanidoso y megalómano, autoritario, de muy escasa vocación democrática, con ínfulas de caudillo indispensable y, por si fuera poco, con todas las intenciones de perpetuarse en el poder para, según él, “rescatar” a la nación venezolana.

Ah, y en lo que toca a la política exterior mexicana, es cierto que hay que llevar la fiesta en paz con todos. No hubo tiempo de confraternizar con Chávez. Pero, con perdón, no tocaba porque la democracia y el derecho a los respetos humanos sí son valores nuestros. No es en lo absoluto comparable la fortaleza de las instituciones mexicanas a la precariedad de esos otros sistemas latinoamericanos donde las leyes se hacen a la medida de los déspotas y las garantías de los ciudadanos son pisoteadas. Para validar la democracia aquí hay que defenderla en todas partes.

En fin, Venezuela no parece darse cuenta de que ha vivido una pesadilla. Se habrá de enterar cuando comience a despertarse.

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