El Grito

En las décadas que llevo como reportero sólo una ceremonia del Grito ha sido triste. Septiembre de 1988. El huracán Gilberto recién nos había masacrado con toda su furia.

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Juegos pirotécnicos o fuegos artificiales. Lo mal escrito es “fuegos pirotécnicos” porque es un pleonasmo. Pero… ¿quién no pierde hasta la ortografía ante la magia de esa lluvia de luces de artificio, caleidoscópica, hipnotizante?

En las décadas que llevo como reportero sólo una ceremonia del Grito ha sido triste. Septiembre de 1988. El huracán Gilberto recién nos había masacrado con toda su furia.

Mortíferas, las láminas volaban como sables Hanzo. Los árboles caían rendidos. El bramido del viento erizaba la piel. Y unas horas después, en la Plaza Grande, una especie de luto colectivo.

Pocas mujeres y cero niños, mucho policía y jóvenes de Santiago y San Sebastián, casi en tinieblas, cumpliendo con el deber cívico. No luces. No música.

El privilegio de ejercer el mejor oficio del mundo y asignado a la cobertura de la ceremonia del Grito (porque las estrellas de la redacción, en esos tiempos, no trabajan en turnos nocturnos ni en domingos),  eso me permitió disfrutar, los otros 25 años, de las luces multicolores, de esos cañonazos de burbujas que iluminan el corazón de Mérida la noche del 15 de septiembre, colado entre el jet-set político que deambula por los pasillos palaciegos y un Salón de la Historia cuyo piso amenaza con ceder al peso del tumulto.

A veces siento que esa efeméride nos recuerda: todo es efímero. Como la bella lucecita, todos tenemos cinco minutos de gloria.

Lo malo es que algunos creen que ese lapso es eterno y se ponen a descubrir hilos negros y aguas tibias, del color o las siglas que sean,  millones de pesos en cambios de nombres a los programas de siempre, de logotipos y colores en una transición partidista de pirotecnia.

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