12 de Diciembre de 2017

Opinión

El logro de las dictaduras

Como Estado eminentemente turístico y fronterizo que somos, es parte de nuestra identidad el intercambio o la convivencia con infinidad de culturas de todas partes del orbe...

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Como Estado eminentemente turístico y fronterizo que somos, es parte de nuestra identidad el intercambio o la convivencia con infinidad de culturas de todas partes del orbe. La facilidad que tenemos los quintanarroenses para relacionarnos o desenvolvernos en cualquier lugar del mundo no ha sido una política expresa del gobierno, sino una simple expresión de la libertad que vivimos y que nos ha permitido desarrollarnos como seres independientes.

El hombre del siglo XXI, del cual somos un buen ejemplo, es un ser cosmopolita, globalizado, hábil e informado. Se desenvuelve con facilidad en cualquier entorno y es capaz de emigrar si su trabajo, amores o ambiciones personales así se lo obligan, sin mayor problema. La adaptabilidad de una persona a un ambiente nuevo no puede estar determinada por los antecedentes de la misma, sino por la capacidad de reinventarse y de moldearse a un nuevo entorno y aceptarlo como su nueva realidad y por qué no, como su nueva patria.

Las pocas dictaduras de corte absolutista que tenemos hoy en día han creado un nuevo tipo de individuo, prepotente, inculto, con cero capacidad de permeabilidad ante nuevas experiencias y con un áurea de superioridad nacionalista digna de risa.

Da mucha gracias, por ejemplo, ver la grosería y la prepotencia que muestran los nuevos emigrados de Cuba cuando llegan a esta tierra. Prepotencia sin justificación alguna, pues en realidad se trata de verdaderos “lisiados” del orbe, que sin una dolorosa y larga reeducación no son capaces ni de sacar dinero de un cajero mientras refunfuñan sobre el hombro del “atraso” de México o de España, si es el caso.

La causa de este mal es haber nacido bajo un régimen que constantemente les inculca a sus súbditos la “infinita superioridad” del sistema que los oprime y la calidad del cubano como ser superior en el mundo entero. Esta “tara” les impide estar abiertos a todo este universo nuevo, pleno de oportunidades.

Ese es el gran logro de las dictaduras: la creación de un engendro inválido ante lo nuevo, despectivo ante lo sentimental e incapaz de comprender profundamente que proviene de un experimento social que destruyó su nación y ha sustituido la memoria nacional por un garabato en el escritorio de mafiosos.

En mi propio caso, pude, luego de largos años, zafarme de esa tara y sólo entonces comprendí cuántas posibles amistades perdí y cuántos platos coloridos y exóticos desdeñé. Hoy en día me considero un mexicano del mundo, capaz de llorar con el grito del 15 de septiembre, embarrarme la camisa con un buen mole, recibir de buen grado las burlas por estar crudo y al mismo tiempo temblar de emoción ante El Escorial en España o el Palacio de Westminster, en Londres, todas expresiones de un mundo multicolor que los pobres cubanos recién llegados no ven desde sus ojos en blanco y negro de televisor ruso.

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