18 de Julio de 2018

Opinión

El mercado político-electoral

Han arrancado las campañas electorales y con ello se pone en marcha un sui géneris mercado negro que subyace a la sombra de las necesidades políticas de los contendientes...

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Han arrancado las campañas electorales y con ello se pone en marcha un sui géneris mercado negro que subyace a la sombra de las necesidades políticas de los contendientes, sobre todo de aquellos que proviniendo de partidos nuevos en el escenario electoral, se encuentran ávidos de adhesiones y simpatías que al menos les garantice un posicionamiento decoroso en la justa electoral. 

Como un fenómeno repetitivo y poco explorado, excepto para quienes participan en una campaña electoral, el “mercado de votos” es promovido por personajes de baja calidad moral, seudo-líderes o inclusive representantes de organizaciones formales que alardean de contar con miles de miembros, los cuales “ofrecen” en su calidad de seguros votantes para el día de la jornada electoral. Son pues, vendedores de sufragios virtuales, promotores de esperanza fallida y ejecutivos del fraude y la mentira en su más amplia acepción.

Llegan con todo desparpajo, eligen a los candidatos primerizos, sabedores de que su ingenuidad y desconocimiento de la praxis política los convierten en blanco idóneo para consumar el engaño. Son labinidosos (Palabra compuesta que no registra ningún diccionario de la lengua española pero que en el argot callejero significa labioso, ladino y vanidoso). Hablan de sumar cientos – qué digo- miles de adherentes en toda la geografía estatal y presumen- en el extremo de la exageración política- de ser consumados líderes de masas a cuyo grito acudirán de inmediato sus seguidores y  como borregos en la montaña, irán a donde se les indique sin chistar.

Para hacer más creíble su ofrecimiento mostrarán un grueso legajo de hojas en las que se pueden apreciar cientos o miles de nombres y domicilios de personas que se presumen reales. Los candidatos primerizos, los que decidieron participar porque creen que con una sonrisa sincera y “ hablando sin mentiras” conquistarán el corazón de los electores, ven en la propuesta de los tahúres de la democracia, una oportunidad única de allegarse votos sin tener que caminar calles polvorientas o tocar puertas sin que nadie conteste. Entonces viene lo indecible, lo indecente y lo ingrato: el candidato se reúne en privado con los vendedores más grandes del mundo y termina cediendo a sus exigencias, no sin antes negociar y renegociar el costo de la original “oferta”.

Al final el candidato esbozará una sonrisa de triunfo pírrico y pensará que ha salido airoso porque solamente pagó una parte de lo solicitado por el rufián y éste se irá feliz a su casa, sabedor de que ha hecho su mejor venta del día: una promesa de cientos o de miles de votos que mañana – con la misma lista en la mano- y sin mayor empacho, irá a ofrecer a otro político advenedizo.

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