13 de Diciembre de 2017

Opinión

El mundo de los integrados

En una ocasión, quien estas letras teclea buscaba un libro en la red.

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En una ocasión, quien estas letras teclea buscaba un libro en la red. Navegamos y navegamos hasta que dimos con el título en cuestión, y por azares del destino, también nos topamos con la opinión y crítica literaria de la obra, escrita por Juan de las Pitas, o lo que es lo mismo, por un usuario cualquiera. 

La reseña no era tan favorable y por un momento nos dejamos llevar por el desánimo, especialmente porque ya habíamos abonado por el libro, pero pues, el “daño” estaba hecho: decidimos desdeñar las críticas y darle oportunidad al título que, apenas dos o tres clics antes, nos pareció encantador. 

Con todo y la imagen mental que la crítica en internet nos generó, disfrutamos el libro. Si bien hay muchísimos puntos en los que ahora concordamos con quien esgrimió la mencionada reseña, tuvimos la capacidad de anteponer nuestro interés, y ¡lotería! Logramos alejarnos de  la visión que últimamente internet y las redes sociales parecen empeñadas en hacernos creer: que no existe la opinión independiente. 

En una sociedad cada vez más cohesionada en torno a las pantallas de los teléfonos inteligentes, la visión, misión y valores personales parecen estorbar, pues hoy en día nada choca más con la cruzada integradora que la opinión disidente o la forma distinta de llegar al mismo punto. Revisemos nuestros “timeline” en Twitter y Facebook. Notemos que un simple video tomado por Juan de las Pitas puede acabar con la vida dentro y fuera de línea de cualquier fulano, sencillamente porque éste no hizo las cosas a cómo Juan afirma que es la forma “correcta”. 

Del feminismo al veganismo. De los derechos animales a la equidad de género, pasando por el cine y la literatura, criticar ya se apropió del arte de hacer crítica. Hoy no se necesita saber sobre algo para hacer tal o cual cosa, sino creer en algo para ser alguien: los hechos valen menos que las palabras, como en cualquier campaña política de república bananera. 

Esta visión apocalíptica del mundo de los integrados no es difícil de descubrir, y por ende, tiene formas para evitar ser víctima de ella. Revise internet, los noticieros incluso: los titulares como “las redes sociales dicen”, “conmociona a la web”, “revoluciona el internet” o el muy popular “y mira lo que pasó después”, nos conducen como borregos a una conclusión generada por otra persona que, a diferencia de lo que al menos su servidor desea lograr con sus palabras, no invita a pensar o reflexionar, sino a llegar a la misma premisa… y sin chistar.

Si nos hubiésemos dejado llevar por las críticas del libro, no hubiésemos disfrutado de buenos momentos con la lectura, que si bien no está carente de yerros, si nos despertó la imaginación. Esa es la misión que, considero, tenemos los ciudadanos del mundo digital: sobrevivir a internet, anteponer nuestra visión, misión, opinión y valores, al universo unipolar que la web de hoy pretende imponer.

 ¿Importa acaso haber nacido en la generación “X”, “Y”, “Z”? A fin de cuentas, lo que importa es lo que se hace, no lo que se “es”, en especial cuando es una mera clasificación general. Cualquier persona puede usar las herramientas o características de cualquiera generación, pensar como ella y actuar como tal, de acuerdo a sus objetivos. 

Ese es el punto, la razón que mueve y da forma a las redes sociales: la posibilidad de hacer con ella lo que queramos, sin importar en qué generación, momento o contexto nos encontremos. Después de todo, detrás de una buena cuenta hay un usuario con mente propia y dependerá de él su futuro en la web, si prefiere ser uno más del montón, o darle un toque de personalidad y propiedad a su “ciudadanía” digital.

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