23 de Septiembre de 2018

Opinión

El tren desbocado del extremismo

El extremismo islámico se está convirtiendo en la peor amenaza de la historia, lentamente ha ido sustituyendo al comunismo...

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El extremismo islámico se está convirtiendo en la peor amenaza de la historia, lentamente ha ido sustituyendo al comunismo y sus gobiernos como la más mortífera ideología de la era moderna. El sacrificio insensible de muchos de sus integrantes bajo la premisa de un paraíso seguro tras una muerte de mártir se ha llevado entre las patas a millones de inocentes. 

Sus vertientes y consecuencias se esparcen como células cancerígenas en los gobiernos del orbe e inclinan (con toda justificación) al nacimiento de tendencias xenófobas y aislacionistas. Los mayores problemas que tiene hoy en día el mundo tienen casi todos al extremismo islámico como, si no la principal, una de las principales causas. 

La histeria antimusulmana en Europa, provocada por la violencia que ha sufrido a manos de muchos miembros de esa fe ha sido uno de los principales causantes del tristísimo escape del Reino Unido de la Unión Europea. La radicalización del gobierno turco ha motivado, al igual que en Egipto, que el ejército tome las riendas y nos deja a los demócratas de corazón con la tristeza de ver una democracia fallida por la irracionalidad de un gobierno electo.

Muchos de los librepensadores de Occidente han llegado al horror de hablar con nostalgia de Saddam Hussein, Gadafi o incluso se han tomado pasos enérgicos para que no caiga otro sátrapa en el caso de Bashar Al Assad en Siria y se deje una olla de grillos abierta con su derrocamiento como está sucediendo en Libia e Iraq, cuyos habitantes no han sabido saborear la libertad.

Los recientes atentados en París y Niza sin duda motivarán una radicalización de una sociedad que ha visto su voluntad de integración y de aceptación trastocada en dejar la puerta abierta a los peores asesinos en potencia de nuestro tiempo. 

Es normal que un francés no quiera saber nada de un musulmán si luego de ser aceptado como inmigrante y de integrarlo a los sistemas de ayuda social y de disfrutar la libertad europea, se convierta en asesino despiadado de sus anfitriones. 

La base intrínseca del islamismo puede que nos sea malvada, pero hasta este momento no ha habido ni un solo líder religioso musulmán que condene públicamente y de manera enérgica los horribles hechos de sus seguidores. 

La visión de los hechos de estas personas sigue siendo percibida como algo glorioso por un amplio porcentaje de la población de esa religión y crea el caldo de cultivo perfecto para que en las casas y en los barrios se gesten núcleos de odio hacia la libertad occidental, hacia la democracia o hacia los homosexuales. Nuestra bondad como liberales nos ha llevado a ayudar a un ser humano en desgracia que en cuanto se recupera de sus heridas, nos muerde la mano. 

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