20 de Julio de 2018

Opinión

El voto, arma de ciudadanía

En el país que usted me diga (y no hablo de los totalitarios), los que menos cuentan son los ciudadanos.

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Ayer domingo se abrió la  época de caza para los partidos. Ya salieron en busca de sus presas: los electores que, como siempre, serán los convidados de piedra porque  cada formación política o grupo de poder tiene sus prioridades y ha establecido qué pretende si llega al puesto que busca. Pedir a los candidatos y sus partidos que  conozcan y sobre todo cumplan los anhelos del pueblo llano es un ejercicio de frustración.

Pero, hay que insistir, es el sistema político que tenemos y el que de nuevo va a llenar las plazas que dejan otros iguales a los que vienen. México va a seguir en la tónica que le han aplicado los gobernantes de todo signo. El mundo así funciona. En el país que usted me diga (y no hablo de los totalitarios), los que menos cuentan son los ciudadanos. Hay compromisos dentro y fuera que se tienen que cumplir para que las cosas sigan caminando –dando tumbos-, so pena de que las consecuencias sean peores.

¿Soy pesimista? Puede ser, pero no veo que la situación vaya a cambiar. El sistema político nos mantiene en un puño y ahora ya hasta el derecho al pataleo se nos niega porque el Instituto Nacional Electoral y verdugos que lo acompañan nos han metido en espesa red de prohibiciones inquisitoriales, nos  impiden  declarar nuestros  dolores, agravios, enojos  y penas sin restricciones y nos niegan el derecho al insulto, aunque los “actores políticos” bien que se pegan y se llenan de suciedad unos a otros.

Los periodistas, por ejemplo, vivimos estas épocas con el alma en un hilo, pendientes de no trasgredir las disposiciones que hasta la nimiedad tratan de inhibir la libre manifestación de los denuestos, pero que sirven para un carajo si de evitar los abusos y la guerra sucia entre combatientes se trata.

No obstante todo lo hasta aquí dicho, que por los ciudadanos no quede: vamos a votar, quien quita y logremos algo algún día.

No perdamos la esperanza. En este estrecho cauce debemos ejercer el pequeño derecho que tenemos: el de votar. Aunque luego no nos hagan caso.

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