En el rescate de GM nadie perdió ni un centavo

El desembolso del Gobierno de Obama a General Motors no fue a fondo perdido ni terminó tampoco por afectar los bolsillos de los contribuyentes.

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Una empresa pública, en Estados Unidos (de América), es algo bien diferente a lo que nosotros consideramos una corporación pública en Estados Unidos (Mexicanos). Allá, el término se refiere a que está en manos, pues sí, del público, es decir, de todos aquellos inversores que quieran adquirir un porcentaje de su capital en la Bolsa de valores.

La empresa privada, por el contrario, no está abierta universalmente a todos los posibles accionistas sino que es propiedad particular de un grupo de personas o de una familia.

Esta diferencia se vio cuando el Gobierno de Barack Obama intervino decididamente para rescatar a General Motors y Chrysler durante la crisis de 2008-2009.

A pesar de la visión de los capitalistas puros y duros, que vieron en la intrusión del Estado algo así como la instauración de un sistema comunista (los extremistas, de uno y otro bando, siempre se hermanan en sus esperpénticas interpretaciones de las cosas), la realidad terminó por darle la razón al mandatario estadounidense: las dos empresas lograron salir adelante luego de instrumentar duros procesos de reestructuración en todas sus áreas, las economías regionales no se desplomaron y se salvaguardaron millones de empleos.

Hoy día, ambas corporaciones crecen muy saludablemente. Ford, por el contrario, no quiso recibir ayudas gubernamentales en su condición de empresa privada pero consiguió también salir del bache. 

Las tres grandes armadoras estadounidenses son un espectacular ejemplo de la capacidad de adaptación de todo un sector industrial pero el caso particular de General Motors es todavía más llamativo porque, siendo la corporación que en algún momento llegó a ocupar el primer sitio del mundo, hubo de recibir un balón de oxígeno para meramente sobrevivir en unas circunstancias verdaderamente apocalípticas, a punto de quedarse sin efectivo y al borde de la bancarrota: la ayuda gubernamental fue colosal, de unos 50 mil millones de dólares.

Pero, lo que es particularmente interesante para nosotros, los mexicanos, es que el desembolso del Gobierno de Obama no fue a fondo perdido ni terminó tampoco por afectar los bolsillos de los contribuyentes.

Fue un préstamo, señoras y señores, con intereses a pagar. Y, miren ustedes, la corporación ya pudo devolver la práctica totalidad del empréstito con lo cual el Tesoro de nuestro vecino país no sólo no perdió plata sino que terminó haciendo un buen negocio.

Naturalmente, una empresa pública estadounidense, como es propiedad de millones de inversores, debe sujetarse a estrictos controles y a la supervisión constante de las autoridades. Por eso no ocurren ahí las corruptelas que, en estos pagos, socavan a las empresas que papá Estado, despreocupadamente clientelar, ha cedido graciosamente a los líderes sindicales y a los intereses corporativistas. Y por eso, cuando ocurre un rescate, el dinero se recupera.

De Pemex mejor ni hablamos. 

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