22 de Septiembre de 2018

Opinión

En política no hay sorpresas

La noticia no pudo reservarse lo suficiente para evitar el pánico de un lado...

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La noticia no pudo reservarse lo suficiente para evitar el pánico de un lado y la euforia del otro: el ex subsecretario de turismo federal y aspirante a la gubernatura de Quintana Roo, Carlos Joaquín González, había presentado con fecha seis de febrero del año en curso su renuncia al PRI, partido en el que militó hasta ese día y del que fue bendecido para ocupar diversos cargos y empleos públicos, entre ellos el de presidente del municipio de Solidaridad y diputado federal.

Con su salida oficial del Instituto Político que lo cobijó e impulsó en Quintana Roo, aun siendo un desconocido y una persona desarraigada al medio local, Carlos Joaquín tuvo un rápido ascenso en el escalafón político, recorrió en poco más de una década el camino que a otros militantes que no poseen apellidos ilustres, se les dificulta escalar. 

Fue afortunado. La extraordinaria labor de su hermano Pedro Joaquín Coldwell, fue siempre su principal carta de presentación. Muchos lo vieron como el político que podría repetir un gobierno honesto, eficiente y transparente en Quintana Roo, como si la genética fuera cosa determinada y determinante. En 2002 y tras muchos años de residir en Mérida, retorna al Estado para insertarse como tesorero de Solidaridad; venía de la iniciativa privada y no tenía ningún merecimiento político.    

Carlos Joaquín González llegó al escenario político de Quintana Roo como producto de una negociación patriarcal promovida por su señor padre don Nassim Joaquín Ibarra, primero con Hendricks y después con el ex gobernador cozumeleño Félix González Canto, quien venció a Addy Joaquín en las urnas pero sucumbió al encanto de pactar una alianza expresa a través de la designación del menor de los Joaquín a la alcaldía de Playa del Carmen. Un pacto que la hermana del ahora Secretario de Energía desaprobó en ese momento por parecerle inapropiado e inoportuno.

Por eso, y por todo lo que no ha trascendido a la opinión pública, (el pacto por la repartición política del Estado entre Carlos Joaquín y el mismo Félix González Canto hace cinco años) es que la renuncia del medio hermano de Pedro Joaquín Coldwell, suena de mal gusto. Y huele mal, porque conservó hasta el último minuto su militancia tricolor, siempre con la idea de seguir saboreando las mieles del poder. Pero al cuarto para las doce, cuando las señales enviadas desde Los Pinos se reflejaron hacia otro lado, decidió – justo en ese momento- que ya era hora de decir adiós al Partido que impulsó su carrera política, porque “ya no puedo quedarme viendo la descomposición del Estado”. 

En una carta fechada el 8 de los corrientes, expone los motivos de su renuncia y pretende justificar su salida aduciendo motivos de moralidad y congruencia con sus principios: “A lo largo de mi carrera política, me he comportado con disciplina y prudencia. Mi ejercicio político como funcionario público ha tenido como guía la conciliación y como objetivo el generar bienestar para todos”.

Con visos de nostalgia, de añoranza por lo que recibió y no volverá, se despide de su Partido: “Es por eso que hoy, con todo el respeto y el agradecimiento que le tengo al PRI, les hago saber que he renunciado a mi militancia”… Pero luego viene la advertencia, directa, clara, impregnada de ese sabor a revanchismo añejo que desfigura la sensatez y la mesura de los resentidos: “Hoy quiero hacerles presente la perspectiva política y social que tengo de mi estado Quintana Roo, la cual me ha llevado a tomar una decisión de vida: Contender por la gubernatura de mi estado desde otra plataforma que no es la de el PRI”.

Y ya encarrilado, el contador Carlos Joaquín, olvida el agradecimiento a su Partido y se lanza al ruedo, rotas las reglas de las solemnidades: “por eso, ahoy (sic) me desmarco de un partido local que traicionó su origen, fracturó a su propia militancia e ignora los legítimos reclamos de la gente a la que debería de servir. Renuncio al Partido Revolucionario Institucional”… 

Pero luego otra vez la ambivalencia de una despedida que es pero que parece no ser: “Ratifico el orgullo de haber sido parte del equipo del señor presidente (sic)”. Y luego, sin que se entienda, se expresa preocupado al reconocer que “el estado mexicano está en grave riesgo de perder un territorio para la Constitucion y el orden Jurídico” (¿?).

Y solo fue honesto con una cosa: afirmar que “esta decisión es personal, no familiar”. Era lo menos que podía esperar su hermano Pedro, un hombre de lealtades consagradas, priísta distinguido que por su talento y capacidad, ha ganado la confianza del Presidente Enrique Peña Nieto.  

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