20 de Septiembre de 2018

Opinión

Es mejor callar para no errar

Se trata de “un conjunto de rasgos externos, actitudes y reacciones observables a simple vista”.

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La mañana del sábado, en un debate por radio, el conductor y dos regidores meridanos discutieron sobre un tema de los más polémicos en el mundo de los toros bravos: el trapío. La discusión se suscitó porque, hace unos días, el juez de plaza, Ulises Zapata León, desechó “por carecer de trapío”, cinco de los ocho toros que debieron lidiarse el domingo 19, en la Plaza Mérida. Aunque los tres alternantes en la mesa admitieron que de toros saben poco, al final concluyeron que el trapío es algo “subjetivo”.

Falso de toda falsedad, sin embargo, el remate de la discusión. Si bien es cierto que la apreciación del trapío es subjetiva, esa condición del toro de lidia tiene ciertos parámetros medibles, pesables y sobre todo visibles que permiten decir, sin lugar a duda, que un animal destinado a la lidia tiene trapío o no. Se trata de “un conjunto de rasgos  externos, actitudes y reacciones observables a simple vista”, dice una definición y que son: tamaño y peso, estatura, conformación del tronco y de las extremidades así como de la cabeza y el cuello, la cornamenta y la piel y comportamiento.

Dice el maestro Francisco Montes, “Paquiro”, en su Tauromaquia: “Para que un toro sea fino, ha de reunir el pelo luciente, espeso, sentado y suave al tacto, las piernas secas y nerviosas, con las articulaciones bien pronunciadas y movibles, la pezuña pequeña, corta y redonda; los cuernos fuertes, pequeños, iguales y negros; la cola larga, espesa y fina; los ojos negros y vivos; las orejas vellosas y movibles. Esto es lo que se conoce por buen trapío”. Pero no es lo mismo el trapío del toro mexicano que del español. Y en esto el peso y el tamaño son solo un componente más. Ni en todas las plazas se mide igual el trapío. Por ello me parece aventurado que don Ulises dictaminara tajantemente que esos toros no tenían trapío.

Finalmente,  decir que el trapío es subjetivo denota desconocimiento. Y es grave que, quien usa un micrófono, más si es una autoridad, diga inexactitudes. A veces es mejor callar.

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