18 de Diciembre de 2017

Opinión

Escarbando la realidad…

La atmosfera está cargada. Los acontecimientos –de los últimos meses- echan chispas, peligrando incendiar el páramo seco...

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La atmosfera está cargada. Los acontecimientos –de los últimos meses- echan chispas, peligrando incendiar el páramo seco. La autoridad, pierde terreno. La sociedad se agita, se impulsa en la protesta. 

El viejo sistema político mexicano, resiente los embates y se resiste a abrir su encuentro con la realidad. La fuerza que destapó, la posibilidad más cercana al cuestionamiento de la estructura social,  han sido los acontecimientos de Ayotzinapa, Guerrero. 

La colectividad en las redes sociales: festeja, recrimina, señala, critica, invita a unirse, participa, en un amplio margen de libertad, encapsulada en el mundo cibernético de la virtualidad. Las preguntas atrevidas, que flotan en el ambiente, ansiosas de respuestas son: ¿Cuál será el desenlace de la situación política? ¿Será que la autoridad le está apostando al olvido o al cansancio? finalmente ¿Se sabrá el destino –real y confiable- que corrieron los 43 estudiantes, hasta hoy desaparecidos? 

No hay peor enemiga para la desesperación, que la incertidumbre. Y en la medida que el tiempo trascurre, sin una mínima respuesta clara, definitoria y contundente, en esas mismas razones, las dudas surten el efecto, camino, de la senda al hartazgo, o de la frustración al delirio. Pareciera que no hay argumento existente, ni funcionario con calidad moral que convenza con la respuesta esperada. 

Todos los agentes que componen el sistema político mexicano, están del lado contrario a la sociedad mexicana, maniatados, impotentes. Llámese mandatario del país, legislador, “líder” partidista, magistrado de la Suprema Corte o representante de culto religioso. No tienen autoridad moral. Su complicidad histórica y sistémica, se ha visto reflejada en el abuso de poder. La impunidad ha sido su instrumento de control. 

Primero han pensado en su propio beneficio, antes de la razón colectiva y el bien social. Saben que al evidenciar la realidad –que poco a poco florece- tienen facturas pendientes de pagar. Mientras tanto, la colectividad impugnante, se reúne aisladamente, en el derredor de su sitio cercano. Se colectivizan por la red cibernética. 

Empujan la protesta momentánea, pero se evapora con el silencio, después. Muchos están ansiosos, y hasta ven una jugosa oportunidad para un cambio, pero desconocen cómo estructurarlo. No hay cabeza visible que los conduzca a una nueva propuesta de nación. La energía, mas evidente son la presencia de padres y familiares de los 43 jóvenes desaparecidos. 

En ellos se percibe el injusto dolor y la vocación filial, de proseguir en la búsqueda. Ellos, al ser los verdaderos y directos afectados, son la bandera de este movimiento donde participa mayormente, la clase media, una importante masa estudiantil, grupos artísticos e intelectuales, organizaciones no gubernamentales, así como gremios campesinos y sindicales, y en cualquier momento el evento ha sido reprobado por todos local e internacionalmente. 

En síntesis, puedo afirmar que hoy, más que nunca, hace falta la reflexión en un revisionismo histórico de este México, que ha caminado en los últimos 30 años por una crisis económica, casi salvaje. Una profunda inseguridad de dolor y llanto y ha navegado por ríos de corrupción putrefacta. 

Enfrentarlo públicamente, sin temores, contrastándolo con la realidad, indudablemente que sería un recomienzo de luz. México lo merece. Sobre todo, las generaciones futuras.

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