21 de Septiembre de 2018

Opinión

Espaldas secas

El estereotipo del emigrante mexicano es el del campesino pobre que huye de la miseria, y tal vez de la violencia, para lograr una subsistencia mínima, trabajando como siervo en el norte.

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“Trabajar”, contestó Jorge Ernesto al confundido agente migratorio que un momento antes preguntaba aburrido “¿Cuál es el propósito de su viaje a los Estados Unidos?”. Mi más antiguo amigo penetraba en las entrañas del monstruo (Martí díxit) para laborar en un puesto de alta tecnología para el que no se encontró a ningún gringo capaz. Lo hizo en la absoluta legalidad, superado los imposibles requisitos exigidos para una visa de trabajo H1B.

Otro gran amigo prefirió evitarse buscar empleo. Con su capital como equipaje y su familia por equipo se trasladó a Texas (¿por qué, José Luis, existiendo California, Nueva York o Massachusetts? Illinois, ya muy de perdis) para instalarse legalmente como mediano -el dice que pequeño- empresario, dando de paso un medio de subsistencia a algún número de familias estadunidenses.

El estereotipo del emigrante mexicano es el del campesino pobre que huye de la miseria, y tal vez de la violencia, para lograr una subsistencia mínima, trabajando como siervo en el norte. Y sí, existe este tipo de migración que además, cuando no es afortunada, termina con la muerte en una cacería de humanos en Arizona; sin embargo, hace mucho tiempo que dejó de ser, si alguna vez fue, la definitoria de la relación demográfica entre México y su vecino rico. Esa visión encuentra en la emigración el fracaso, o mejor aún la culpa, de un país que, pudiendo, no dio a los suyos oportunidades suficientes. La realidad es otra.

Mexicanos de todo tipo y nivel económico migran a los EU. por las mismas razones que, al paso de los milenios, han hecho que las personas se vayan de los países pobres a los países ricos. Esto incluye, sí, situaciones de emergencia, pero también la búsqueda general de mejores condiciones de vida, de trabajo y de desarrollo personal. Si los países pobres pudieran dejar de serlo, alguno ya lo hubiera hecho. México tiene la misma culpa de no poder dar a sus nacionales esas oportunidades que un oficinista la de no poder regalar un yate a su hijo en su cumpleaños. No es nuestro país el que los ha lastimado, sino un sistema global que mantiene a los países pobres como tales, centuria tras centuria.

Cuando Trump reclama que EU transfiere riqueza a México, evita contabilizar a muchos miles de inmigrantes legales, en cuya formación profesional y personal ese país no invirtió un centavo, que le significan la apropiación gratuita de talentos y capacidades extraordinarias, y de quienes trasquila millones de dólares todos los días.

Pero eso es sólo el capital humano que nos roban, lo grave es que nos quitan a excelentes personas. 

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