20 de Agosto de 2018

Opinión

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La política es engañosa, porque nadie puede saber a ciencia cierta, sino a posteriori, las razones de los triunfos y las derrotas.

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Pues si no hay un partido cien por ciento virtuoso, tampoco puede haber uno que sea todo podredumbre: ni siquiera el que ya se nos ocurre, por más que algunos puros ardan de indignación.- Xavier Velazco

De que la política es engañosa, porque a veces nadie puede saber a ciencia cierta, sino a posteriori, cuáles son las razones de los triunfos y las derrotas, dan cuenta los estrepitosos fracasos de todas las empresas demoscópicas, tanto en las encuestas de opinión como en las de salida, sobre los resultados de las votaciones del domingo pasado.

Como también es cierto que otras veces, aun teniendo claro el futuro desarrollo de los acontecimientos, su probable desenlace y las acciones necesarias para modificarlo, resulta imposible ponerlas en práctica, por circunstancias atribuibles tanto a los principales protagonistas como a la sociedad.

Así que cuando vi el triunfalismo de Ricardo Anaya al enterarse que su partido, el PAN, sólo o en alianza con el PRD, obtuvo triunfos que ni siquiera en sus mejores sueños había logrado, no pude menos que retroceder a las elecciones  de 2006, desarrolladas en condiciones similares, cuando el PRI, siendo oposición, había obtenido igualmente inmejorables resultados a sólo dos años de las presidenciales.

Entonces, pensando que tenía a la mano el próximo triunfo, el PRI no resultó invulnerable al espíritu triunfalista y un tanto soberbio como el de los panistas de hoy. La historia se conoce: al final el PRI fue relegado al tercer lugar en las votaciones.

Hay una coincidencia más: el presidente del partido, como el Anaya de hoy, fue el candidato presidencial perdedor, Roberto Madrazo.

Porque no erraron los que pronosticaron que el triunfo pírrico de Moreno Valle, para la nanogubernatura de Puebla, elección de Estado de por medio, lo llevaría  a fortalecer sus ambiciones presidenciales, con lo que aumenta el riesgo de una fuerte confrontación interna con Margarita Zavala y Ricardo Anaya, de la que difícilmente saldría el PAN en una pieza, sobre todo si el presidente blanquiazul se sale con la suya.

El otro ganador, el PRD, tiene más opciones: convencer a Mancera de ser su candidato, lo que no es seguro; seguir de colero del PAN, sin posibilidad de influir en la definición del candidato, y, por último, la más incierta, solicitarle a AMLO que los acepte en alianza, incondicionalmente también. Las últimas dos apuntan, si no a su desaparición, sí a convertirlo en un partido apéndice.  

Morena resulta definitivamente el partido que más ganó en estas elecciones, al haberse posicionado  AMLO, su candidato, como el único antisistémico, tras el enfoque  netamente electorero del PRD y el repliegue ideológico del PAN, lo que lo pone en condiciones de reeditar la cerrada competencia que sostuvo con Calderón. Está él en reales posibilidades de ser el candidato triunfante, sobre todo si el PRI, en lo que le resta a esta administración, resulta incapaz de darle repuesta a las demandas de la sociedad. Me refiero no a las cúpulas empresariales o clericales, sino a las mayorías. Esas que hacen ganar elecciones.

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