23 de Septiembre de 2018

Opinión

Estando frente al mar...

No transcurre mucho tiempo cuando un involuntario movimiento reclama mi atención...

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Estando frente al mar, a cierta hora del día, si dejo vagar la mirada  hacia el frente, la vista al continuarse se hace una sola, azul agua, azul cielo.

La tenue línea que hace solo un instante acinturaba la intermedia circunferencia terrestre, se adelgaza y desaparece de pronto. Sigue ahí, pero ahora es invisible.

A partir de ese momento la franja frente al panorama es una sola y al imaginar  la postura en el panorama me pregunto por mi posición exacta, pero no es fácil encontrar una respuesta: si el firmamento se hundió en el mar y es ahora todo cielo; o si el mar, buscando consuelo y similitud, se levanta penetrando la atmósfera hasta hacerla  todo océano. 

Lo que antes era agua y aire es ahora emulsión azulina, fusión única de color que se corresponde en un primordial entorno que se extiende y domina todo su alrededor.

Ensimismado en la maravilla  contemplativa llega un irresistible deseo de estirar una mano figurada que al deslizarse se hace larga. Tan  larga que se estira hasta llegar al citado punto de confluencia cerúlea donde distingo una cremallera imaginaria con un discreto pasador que invita ser manipulado. 

Aceptando el envite con total beneplácito, al deslizar horizontalmente el imaginario perno se manifiesta en aquel lugar un amable espacio que se ensancha conforme opero la sutil cerradura.

En poco tiempo me hallo testigo de un horizonte  inmenso que se continúa al recóndito interior de aquella simulada bolsa. Los dedos de la extendida extremidad empujan hacia arriba, levantando los elásticos bordes mientras mis ojos atisban el profundo secreto que se deja entrever. 

No transcurre mucho tiempo cuando un involuntario movimiento reclama mi atención y soy proyectado hacia adelante. Un vigoroso salto traslada mi cuerpo a la entrada del misterioso antro.

Cruzo sin prisa la barrera secreta. Una vez dentro, antes de continuar mi destino, vuelvo la mirada hacia la oquedad cielo mar. Me limito al pasador y al deslizarlo la entrada de luz terrena se estrecha hasta desaparecer.

En la playa queda un camastro vacío, una mesa de madera que soporta una cerveza y el humo de un cigarrillo que se dispersa sin prisa. No existe nota aclaratoria ni explicación de mi ausencia. Sólo es evidente la separación de azules en el horizonte. Mar y cielo. Cada uno en su lugar. Vaya biem.

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