23 de Septiembre de 2018

Opinión

Etimología de las pasiones

Un largo diálogo vital con Alejandra Pizarnik, voz memorable de la poesía argentina, es revelador de su sustancia íntima: la palabra.

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A veces topamos con un libro que nos atrapa, amor a primera vista en el que nos hundimos sin temor y sin precauciones. Hablo de Etimología de las pasiones, de Ivonne Bordelois, poeta, ensayista y lingüista argentina discípula de Chomski.

Un largo diálogo vital con Alejandra Pizarnik, voz memorable de la poesía argentina, es revelador de su sustancia íntima: la palabra.  

Bordelois recorre el universo de las pasiones, vistas por la cultura occidental como cáncer de la razón (Kant) y enfermedades del alma (Platón), pero sin las cuales nada importante se realiza, en la historia y en la vida personal: “Los grandes virajes  y los acontecimientos más decisivos están signados por esa fuerza de intensidad abrumadora que puede conducirnos tanto a la felicidad como a la ruina”.

El libro enfrenta a “un interlocutor que acaso pueda dar una de las respuestas más profundas e inesperadas a esa pregunta inagotable acerca de la pasión: el lenguaje”. Los que padecen la incurable manía de indagar en los misterios de las palabras, seguramente lo disfrutarán.

Dice la autora que “no es fácil trasladar la ciencia fragmentada de los diccionarios y la erudición de los estudios etimológicos al estilo de reflexión inteligible”; pero la autora lo logra en un recorrido que va de Platón a Freud, de las remotas raíces indoeuropeas a los arrebatos coloquiales modernos, para restituir y “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”.

Dice la autora que la perspectiva que encontró a lo largo de su trabajo es la de una etimología como “arqueología de la sabiduría colectiva”.

Así, habla del despliegue genealógico de las palabras referidas a amor, que en el grupo indoeuropeo se remontan a dos onomatopeyas primordiales: la “L” de las lenguas nórdicas presente en “love”  y la “M” de las meridionales, en “amor”, derivado de ma, madre, que reproducen los gestos de la boca y la lengua del bebé, al amamantamiento, y sólo por traslación al “abrazo de la pareja humana”.

Una larga lista de palabras y las pasiones que expresan se emparentan con estas raíces, conservando su sentido remoto: “El lenguaje sabe que las madres no pueden divorciarse de sus hijos ni los hijos de sus madres y por eso prefiere denominar amor a esta relación verdaderamente indisoluble”.

Gran parte de las palabras con las que nos comunicamos, dice Bordelois, son combinaciones de las raíces primitivas, de allí la importancia de descifrar su significado persistente; raíces “tan profundas como tenaces”.

Especialmente ahora que vivimos  una modernidad en la que irrumpen las pasiones adquisitivas y un nuevo orden omnipotente basado en el lucro, en el que las nuevas pasiones se comercializan y el amor esencial y la ira sagrada -las dos pasiones fundamentales- se trivializan.

Pero hay vacunas. Como bien dice Benedetti: “Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón”.

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