18 de Junio de 2018

Opinión

Eusebio Ruvalcaba in memoriam

La contracultura y muchas generaciones de escritores están en deuda con él, no sólo por las altas cotas de maestría alcanzada por su narrativa, sino por una generosidad humana fuera de toda duda.

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Hace casi un mes, el 7 de febrero para ser exactos, falleció el escritor Eusebio Ruvalcaba Castillo (Guadalajara, 1951). La noticia, aunque lamentable, no fue una sorpresa, ya que estuvo internado en el Hospital General Regional 2 de Villa Coapa debido a un hematoma cerebral. A través de las redes sociales de Carlos Martínez Rentería, sus amigos nos enteramos de que se solicitaban donadores de sangre. Sin embargo, no es sino hasta ahora que me he dado tiempo para dimensionar su pérdida.

Como escritor, nadie estuvo más cerca de los jóvenes que el buen Eusebio. Su libro “Un hilito de sangre” tal vez sea la novela iniciática más influyente de la literatura mexicana, sólo detrás de “La tumba”, de José Agustín. La contracultura y muchas generaciones de escritores están en deuda con él, no sólo por las altas cotas de maestría alcanzada por su narrativa, sino por una generosidad humana fuera de toda duda.

Hace algunos años tuve la oportunidad de tomar un taller con él en Mérida, el cual fue una de esas raras experiencias donde, sin descuidar la vena crítica formal, dejó muy en claro que no debíamos perder de vista que lo importante era el fondo, el discurso, tener algo qué decir, algo importante qué contar. Lo demás se podía trabajar a posteriori, pero nada peor que un texto sin vida. El mismo fue un claro ejemplo del vitalismo, muchas veces reflejado en las pobladas cejas de aquel melómano de dipsomanía incurable.

Nuestras afinidades en el terreno musical y la predilección por el universo femenino fueron algunos de los temas fundamentales que salían a colación al brindar con vino tinto o un fino mezcal, siempre en un diálogo horizontal y amistoso. Así lo noté en un par de entrevistas que le hice, donde, fiel a su costumbre, se mostró alejado de las cúpulas literarias y, en cambio, cercano a sus lectores. Nadie como él para dar un espaldarazo, una palabra de aliento sincero.

Pensé en él para escribir la contraportada de mi libro “Cuentos, minificciones y aforismos del descaro” (2016). Se lo pedí en el Auditorio Nacional, donde nos encontramos para darle el manuscrito. Luego, en su taller literario de Tlalpan, me entregó un amable comentario. Esa fue la última vez que lo vi, pues Eusebio pagó la cuenta antes que todos y se fue sin decir nada, como los caballeros. 

 

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