21 de Septiembre de 2018

Opinión

El extranjero

Estamos ante muchos cambios, de entrada por el inicio de un nuevo ciclo que se siente, más bien, con aires de continuación...

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Hay eventos que desencadenan acciones personales, cambios de ánimo o un cambio súbito de ver la vida, de sabernos constantes y dueños de nosotros mismos. Muchas veces tendemos puentes entre lo leído y lo vivido. Me refiero a las historias personales que traemos en los párpados y también a la historia que la sociedad ha escrito en nuestras mentes. Estamos ante muchos cambios, de entrada por el inicio de un nuevo ciclo que se siente, más bien, con aires de continuación, de empeoramiento social. Está en nosotros actuar diferente, guiar nuestros cambios hacia terreno conocido, terreno seguro.

Pensé en ello al finalizar la lectura que esta semana nos ocupa: El extranjero (1942) del escritor francés Albert Camus. De la obra, quiero decir primeramente que las letras que la conforman llevan un pesar, un dejo de  indiferencia plena y, al mismo tiempo, una consciencia total sobre los temas más delicados de la vida de un ser humano. Sobre las relaciones personales y familiares, las relaciones entre el ser y la sociedad, el juego del azar y el destino y, sobre todo, el papel de esa parte que no podemos justificar: nuestro instinto.

La novela comienza con una frase que se lee con fuerza y que inmediatamente dispara sentimientos dictados hacia nosotros: “Hoy, mamá ha muerto”. Para no precipitarnos, advierto que el funeral fue sencillo, los movimientos automáticos, hubo ausencia de lágrimas y presencia de calor y café con leche; deseos de estar lejos. Meursault, el hijo, no sintió.

A los días siguientes, entre su cotidianidad; nos enteramos de la dureza de sus sentimientos y pensamientos hacia su madre. No podemos ni debemos juzgarlo. ¿Cómo es, entonces, que una muerte desencadena otra? Existen personas que nacen y no sienten, crecen, se relacionan, ríen, besan; pero no sienten. Su razón domina la necesidad de entender todo y ser totalmente indiferentes.

A Meursault esta indiferencia lo lleva hasta un punto sin retorno, donde su destino no puede ser defendido, pues la voz popular desconoce de razones y de la fragilidad de un instante donde todo cambia; de instintos.

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