22 de Septiembre de 2018

Opinión

Fantasmas vivos de tragedias

hay un cierto turismo extremo que elige destinos improbables, en su ideal vacacional entra a zonas conflictivas como Gaza o Cisjordania, países de riesgos elevados como perder la vida.

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Descubrí que hay un cierto turismo extremo, poco común y en el que la menor preocupación sería gastar el presupuesto. Es un tipo de turista que elige destinos improbables, en su ideal vacacional entra a zonas conflictivas como Gaza o Cisjordania, países de riesgos elevados como perder la vida.

El tema viene al caso porque en días recientes he leído reportajes y notas sobre la catástrofe en Chernóbil, el 26 de abril de 1986, cuando el reactor número 4 de la central nuclear explotó y le cambió la vida a trabajadores y habitantes de ciudades a su alrededor. Se habla de contaminación inmediata, los gases radioactivos se esparcieron, en palabras de la periodista Anne Marie Mergier a: “7% del territorio ucraniano, 23% del bielorruso y 0.3% del soviético”.

Una de las ciudades, a 3 kilómetros de la central nuclear, es Prípiat. Es posible “turistear” la zona de exclusión, llamada así por volverse inhabitable aunque vivan allá considerable número de personas, muchos ancianos que se niegan a morir en otro lado.

En esta ciudad fantasma pueden verse  escuelas, hospitales y el paradigmático parque de diversiones, tragados por la naturaleza.  A diferencia de la Gioconda en el Museo del Louvre, uno no estará acompañado de cientos de turistas. Prípiat permanece intacta, conserva la imagen de ciudad soviética, el tiempo no transcurre. Su fantasmagórica presencia no es la historia de bronce, es la memoria de una tragedia de la modernidad, una herida de la humanidad. 

Junto a Ucrania está Polonia, país en el que está el Museo Auschwitz-Birkenau, que conmemora el holocausto, donde turistas conocen los campos Auschwitz I y Auschwitz II. La circulación de personas supera por mucho a Prípiat. Leo las crónicas de algunas visitas en blogs de viaje, veo las fotografías de las personas sosteniendo cámaras, me pregunto cuáles serían sus razones para visitar recintos del dolor humano. Es como si alguien proyectara sus peores recuerdos y la gente pagara por verlos. 

La intriga cesa en mi librero, tengo libros sobre Tlatelolco 1968 que conseguí en México cuando conocí la Plaza de las Tres Culturas. Lo primero que quise ver fue ese complejo habitacional en el que sucedió una historia que me competía. Era joven, era estudiante, era necesario. En Tlatelolco el tiempo tampoco transcurre. Me senté en la explanada y me impactó ver a un niño jugar con su pelota. ¿Sabrá algún día del sufrimiento bajo sus pies? No es un espacio reservado a las visitas memoriosas o una ciudad fantasmagórica. Tlatelolco es una memoria habitada por familias que pasan la tarde del domingo viendo jugar a sus hijos.

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