24 de Septiembre de 2018

Opinión

Francisco

El Papa Francisco ha cambiado las reglas de un juego que afecta a más de 1,200 millones de personas.

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Todo hecho, cuando está a las alturas de la colina vaticana es, por necesidad, un hecho político y atañe no sólo a quien confiesa la fe católica sino a la humanidad en su conjunto. Durante casi dos mil años ha sido así y hoy, en un mundo globalizado, lo es muchísimo más. 

Zapatitos rojos, de diseño o zapatones negros ya gastados dejan de ser cuestiones de moda y se vuelven signos a descifrar. Para muchos, signos esperanzadores; para otros, peligrosos; para otros más, manejo mercadotécnico. Según el lente con que se los mire. 

Creo que es pronto para definir quién tiene razón: si los católicos progresistas, condenados a la espiritualidad de un largo invierno por el papa polaco; quienes defienden tradiciones y papel monárquico de Pedro; quienes conocen el colmillo de una iglesia que sabe mucho de montar espectáculos para recuperar adeptos.

Como sea, Francisco en el Vaticano es un cambio de fondo. Así como, en su reciente viaje a Brasil, ha cambiado las reglas de un juego que afecta a más de 1,200 millones de personas y repercute en los alrededor de 7,000 millones más. Y vale la pena tomarlo aunque sea para seguir el desarrollo del fenómeno.

Ha cambiado las reglas no sólo por lo que no ha dicho, o ha dicho pero no como centro de su discurso, y por lo que ha dicho bien fuerte y como centro incuestionable.

A mí, por lo pronto, me duele la canonización de un Juan Pablo II con todas sus sombras de complicidad en males mayores, aunque creo que Francisco no tenía de otra. Pase. Pero me emocionan y entusiasman la canonización de Juan XXIII y la recuperación en los altares de Óscar Arnulfo Romero, asesinado precisamente al perder la protección pontificia. San Romero de América llena la definición que Francisco (quien se llama a sí mismo obispo y no papa) ha dicho muy fuerte en Brasil: 

“El obispo debe conducir, que no es lo mismo que mangonear. Los obispos han de ser pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan ‘psicología de príncipes’.

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