16 de Enero de 2018

Opinión

Fuera de línea

House of Cards cambió la forma en que la ciudadanía ve a la política.

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House of Cards  cambió la forma en que la ciudadanía ve a la política. Series de televisión, películas o libros han pasado por la mente de muchos, pero muy pocas dieron una dimensión tan real, única y honesta sobre los entresijos del poder como esta serie de Netflix. 

Las campañas y la política en sí misma tienen mucho que enseñarnos sobre nosotros, sobre lo que somos como sociedad organizada y deseosa de intervenir en los asuntos que importan, en hacer la diferencia más allá del simple hecho de echar un papel en las urnas. Tal vez pocos sean capaces de tomar el timón con tanta astucia y sangre fría como los Underwood, pero no podemos negar que nos fascina su inteligencia, capacidad y fuerza para enfrentar a la política, sin la necesidad de padrinos o sindicatos de “levanta manos”. 

En la cuarta temporada de la serie, tenemos un singular caso que nos atañe más de lo que podríamos creer: la campaña de Will Conway (interpretado por Joel Kinnaman) por la nominación republicana a la presidencia. Sin ofrecer adelantos, el personaje utiliza el poder de internet para acercarse a la gente, en este caso, desde la vertiente emocional, familiar y santurrona, propia de la sociedad estadounidense. Vamos, una “maravilla” para cualquier jefe de campaña en redes sociales. 

No es lo mismo una contienda presidencial que estatal, mucho menos una estadounidense a una quintanarroense, pero aún con las diferencias, no deja de ser frustrante para quienes nos movemos en las redes sociales, ver que la ficción no sólo es mejor que nuestra realidad electoral, sino que no llegaremos a ella en por lo menos una generación. ¿Podríamos imaginar a nuestros hoy suspirantes haciendo campañas inteligentes en internet? No es sólo que “compartan” su vida diaria, sino que utilicen adecuadamente las herramientas para difundir personalmente sus mensajes y propuestas, y no como hasta ahora han demostrado, al dejar en manos de otros lo que para el común de la sociedad, es casi tan intransferible como nuestros números de tarjetas de crédito.  

En la mente de quienes manejan los hilos digitales, se asienta el miedo a perder el control, prefieren seguir los métodos caducos, que dejar espacio, paradójicamente, al propio candidato, y no por qué le preocupen sus ineptitudes, sino para no perder el poder y el “hueso” político que su “método de trabajo” le puede conseguir si gana el aspirante. 

En Quintana Roo, el empleo de los “bots” en la pasada administración (y aunque lo nieguen, en la actual), deja fuera de juego a cualquier estrategia de campaña con tintes político-ciudadanos. En este estado, la cuenta de Twitter de un candidato no pasa de un compendio de saludos de cumpleaños, “retweets” a sus aduladores y mensajes de autoayuda. En Facebook, peor tantito: fotos con el padrino político, con la lideresa de colonia, con los pies en un charco o besando a un niño. Todas, estrategias de los tiempos de la torta y el frutsi, que se repiten en las publicaciones de los alcaldes, secretarios y delegados federales: el poder no quita la ignorancia digital.  

Estos escenarios de campaña política, comparados con la ficción de House of Cards, evidencian la ignorancia que sobre las redes sociales priva en nuestros partidos políticos y auguran pobreza intelectual, moral y digital en la contienda política, digna de la pésima imagen pública que hoy tienen todos aquellos que en menos de lo que pasa un Ruta 5, saldrán a pedirnos el voto. 

En 140 caracteres

Cuando las marchas tienen tanta publicidad previa, pues como que no se las cree uno. 

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