17 de Diciembre de 2017

Opinión

Galería de la vergüenza

Aprovechándose de la buena voluntad de los ciudadanos, gobernantes y funcionarios sin escrúpulos han llenado esta capital de obras costosas e inútiles que hoy permanecen como un vergonzoso recordatorio a la corrupción.

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Aprovechándose de la buena voluntad de los ciudadanos, gobernantes y funcionarios sin escrúpulos han llenado esta capital de obras costosas e inútiles que hoy permanecen como un vergonzoso recordatorio a la corrupción, pues mientras unos cuantos se llenan los bolsillos y abultan las cuentas bancarias a límites insospechados, el progreso de Chetumal está detenido, dejando a sus ciudadanos en el desamparo total, sin oportunidades de crecer.
 
Y es que como en la historia del patito feo –así es como muchos ven a Chetumal, al compararla con sus ciudades hermanas del norte del estado– estos pillos de guayabera blanca han vendido la idea de que cada obra que se realiza y en la que se tiran cientos de millones de dinero  ciudadano, vendrá a revitalizar la ciudad, atraerán turistas e inversiones, es decir, de la noche a la mañana y gracias a ellos y su benevolencia Othón P. Blanco pasará a ser todo un cisne. 
 
Ese fue el cuento cuando se empezó a construir la mega escultura al mestizaje mexicano durante el gobierno de Joaquín Hendricks Díaz, quien proclamó a los cuatro vientos que el armatoste que construiría su cuate “Sebastián”, atraería miles de turistas amantes del arte a nuestra ciudad, e incluso se atrevió a decir que dicha obra rivalizaría con la “Estatua de la  Libertad” de Nueva York.
 
En su mente, de golpe y porrazo Chetumal pasaría de ser una humilde ciudad que sobrevive gracias a la burocracia, a una urbe del arte que se daría de cachetadas con París, Roma o Manhattan.
 
Casi diez años después y tras una inversión de 150 millones de pesos, una torre de fierros oxidados adorna la bahía de Chetumal. Hendricks no se quedó con las ganas y construyó otras torres, pero estas son de su propiedad, en la isla de Cozumel. 
 
El problema es que tras la mega escultura, una serie de obras que no sirven para nada han llenado a la ciudad, causando en los chetumaleños una gran indignación, ya que mientras se derrocha dinero en edificaciones sin sentido espacios públicos de enorme interés y gran relevancia histórica se pudren en el olvido.
 
En esta galería de las obras inútiles es imposible omitir al zoológico de esta capital, que el trienio pasado durante el gobierno municipal de Andrés Ruiz Morcillo se convirtió en “BioUniverzoo, el parque más bello del mundo”, y ahora, recuperando algo de su nombre original, lo renombraron como “Payo Obsipo Zoo”.
 
El zoológico fue por muchos años un espacio público muy querido por las familias de la capital. De acceso gratuito a sus instalaciones, fue la sede de eventos culturales sabatinos, y de muchos de los recuerdos de los niños que crecieron en esta capital, hasta que alguien vio en él la oportunidad perfecta de hacer un gran negocio.
 
Y es que desde el principio el proyecto Biouniverzoo fue un fracaso de proporciones olímpicas. La publicidad engañosa que lo pintaba como un parque ecológico de vanguardia a nivel mundial se cayó de inmediato con los mil y un retrasos para la inauguración. 
 
Hoy, Biouniverzoo, o Payo Obispo Zoo, como quiera usted llamarle, es una vergüenza pública y son pocas las familias que aún se acercan para pasar un momento de esparcimiento y diversión. 
 
Frente al zoológico, están el planetario Yokool Kab, que al menos funciona aunque no tiene éxito y la mayoría de los capitalinos ni lo conocen, y el bodrio mayor: el Centro de Educación Climática.
 
No olvidemos también a la sala de fiestas más grande de la ciudad: el Centro Internacional de Negocios y Convenciones, que desde su fundación no ha albergado ningún congreso ni convención de alta categoría.
 
La suma del dinero derrochado en esta galería de obras inútiles llega casi a setecientos millones de pesos.
 
Mientras tanto dinero se ha tirado, el emblemático Teatro “Manuel Ávila Camacho”, edificio histórico ubicado en una zona de reunión por excelencia de los chetumaleños, se pudre entre el excremento, la suciedad y la maleza.

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