17 de Noviembre de 2018

Opinión

Ganar confianza

El gobierno puede intentar doblar a la oposición a través de la presión mediática o de los factores de poder.

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Hay quien le apuesta a la confrontación como medio para ganar aceptación. En una determinada coyuntura —la de fastidio con lo que existe— puede ser eficaz. Así ganó Vicente Fox la Presidencia y en dos ocasiones López Obrador ha obtenido muchos más votos que el histórico de los partidos que lo postulan. Confrontar y polarizar es común en las elecciones; sirve para disminuir a quien lleva ventaja, pero no necesariamente contribuye a la causa propia como ocurrió con la campaña pasada del PAN.

Después del ciclo electoral la confianza se construye de distinta forma. Se asume que la elección es el punto final de una competencia intensa resuelta por el voto; la impugnación del resultado por los malos perdedores prolonga el periodo de disputa. La confianza poselectoral se deriva de la concordia y su expresión es el acuerdo; esto es válido para quien gobierna y también para la oposición; así es porque es común que quien gana el poder gubernamental casi siempre no alcanza mayoría suficiente en el Congreso. Esto convalida la necesidad de construir mayorías más allá de la coalición electoral.

El gobierno puede intentar doblar a la oposición a través de la presión mediática o de los factores de poder. Eso es común en el sistema norteamericano por dos aspectos que no existen en el país: la reelección consecutiva y la precaria disciplina partidaria de los legisladores. Vicente Fox intentó tal camino en la elección intermedia con su propuesta de quitar el freno al cambio. Felipe Calderón fue menos claro, pero más focalizado; lo primero porque lo intentó en distintos momentos y de manera poco consistente; lo segundo, porque se centró en el PRI y Enrique Peña Nieto. El problema de una estrategia en tal sentido es que el gobierno requiere complicidad de los factores de poder, especialmente el mediático para que la acción tenga resultado contundente. Un efecto adicional es que la polarización desde el poder afecta las condiciones para el acuerdo y colaboración de la oposición.

Desde su campaña presidencial, Peña Nieto resolvió crear condiciones de entendimiento con sus adversarios. El comedimiento hacia el gobierno en funciones y oponentes no solo fue un estilo, sino un diseño político a partir de la convicción de que el Presidente, para ser eficaz, requiere de elevadas cuotas de participación y corresponsabilidad por los principales partidos de la oposición. Es revelador que la iniciativa de suscribir un pacto entre las principales fuerzas políticas y el gobierno vino de éste y del PRD, proyecto que prendió con el PAN y se acreditó por el contenido y alcance de los compromisos.

La política, sus instituciones y personajes están sumamente desprestigiados en el imaginario colectivo. Los escándalos y descuidos de los menos afectan al conjunto. Pero también hay disfuncionalidad del lenguaje, de las formas y respuestas de la política respecto a los problemas y anhelos de la sociedad. La impunidad, el deterioro económico y la corrupción conspiran contra la política y sus instituciones. El cinismo se ha instalado en la clase política y para ganar credibilidad y confianza es necesario suscribir un nuevo estándar hacia valores básicos como son el apego a la verdad, la austeridad y el respeto a los demás.

Desde esta perspectiva el Pacto por México es un punto de partida de alcances limitados. Las reformas son necesarias y útiles, pero para ganar confianza demanda un cambio más profundo de las formas y modos de quienes lo firman. Tiene razón la oposición en exigir al gobierno una actitud diferente en momentos electorales, especialmente en lo que se refiere a la imparcialidad de los funcionarios públicos. Esto también compromete a la oposición hacia una actitud distinta: alejar el chantaje, no intentar cobrar ventaja indebida sobre el cambio o introducir la agenda del agravio o querellas de corte particular.

Ganar confianza requiere resultados, pero también cambios. El acuerdo de la oposición con el gobierno debe dar lugar a una nueva urbanidad política en el que el centro de atención y prioridad sean las personas y el interés general. Cada partido entiende esto a su manera. Sin embargo, sí hay un terreno común sobre el que se pueden construir acuerdos consecuentes con lo que cada cual piensa, como ha ocurrido en las reformas educativa, amparo, telecomunicaciones y la iniciativa de reforma financiera. Un aspecto ha sido mantener a raya a los poderes fácticos y rescatar al Estado en su responsabilidad de hacer valer el interés general sobre el particular.

La confianza es un bien escaso y, por lo mismo, muy preciado del ejercicio del poder y la política. Ganarla no es materia de publicistas, se requiere tener idea de lo mucho por hacer para recuperarla, tarea individual, de cada quien, pero también compartida. Está por verse si el Pacto es un nuevo punto de partida o solo juego de espejos.

Twitter: @berrueto

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