19 de Octubre de 2018

Opinión

¿Hacia dónde vamos?

El primero de enero de 1994, entre los estertores de un año plagado de promesas políticas del gobierno salinista y la entrada en vigor del prometedor Tratado de Libre Comercio (TLC)...

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El primero de enero de 1994, entre los estertores de un año plagado de promesas políticas del gobierno salinista y la entrada en vigor del prometedor Tratado de Libre Comercio (TLC), los mexicanos despertamos con el asombro de que en Chiapas un grupo de indígenas se habían levantado en armas demandando justicia y reivindicación de las comunidades originarias, un reclamo que despertó inmediatamente la simpatía de un vasto sector de la población nacional.

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), comandado por un extraño personaje que ocultaba su rostro bajo un pasamontañas negro, explicó que la protesta social era el único camino viable para que los mexicanos sin voz, los sin tierra, los que no eran vistos ni oídos por el gobierno federal, se hicieran presentes. No hacerlo así, dijo, era seguir siendo invisibles para el ojo del que manda, de quien decide por los destinos de todos. El reclamo del subcomandante Marcos iba dirigido también contra la política de globalización salinista, la misma que acrecentaría la brecha de las desigualdades económicas: a los ricos los convertiría en millonarios y a los pobres en mendigos.

1994 nació marcado por el infortunio y el desasosiego. El 6 de marzo el candidato oficialista Luis Donaldo Colosio pronunció su memorable discurso: 

"Veo un México de comunidades indígenas, que no pueden esperar más a las exigencias de justicia, de dignidad y de progreso…Veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales.

Diecisiete días después Colosio fue arteramente asesinado en Lomas Taurinas, Tijuana. El 23 de marzo de 1994 no sólo murió un hombre con la visión clara de un México empobrecido, sojuzgado y maniatado por los poderosos, sino también la esperanza de un cambio de rumbo verdadero.     

Dos décadas después el reclamo y el grito de miles de mexicanos sigue tronando fuerte: el hambre y la sed de justicia no ha sido colmada; los sin voz, los invisibles, los desposeídos gritan en una sola garganta y la exigencia es la misma. La versión del gobierno federal no convence porque la credibilidad institucional se ha resquebrajado muchas veces, como sucedió con la teoría del asesino solitario de Colosio, entre otras.

El 2015 iniciará en breve entre el confeti de las trilladas reformas estructurales del presidente Peña Nieto y el dolor compartido de los padres de los ahora 42 estudiantes normalistas desaparecidos, un escenario que invariablemente nos remonta al pasado.

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