24 de Septiembre de 2018

Opinión

¿Hay diferencia entre el alcohol y la marihuana?

Qué tanta hipocresía puede existir en unos Gobiernos que consienten alegremente el consumo de una sustancia muy dañina.

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El debate sobre la legalización de la marihuana se pone cada vez más animado, interesante y hasta divertido. La primera pregunta que me vendría a la cabeza es si la yerba hace más daño que el alcohol. Como bien saben ustedes, la bebida estuvo prohibida en Estados Unidos (de América), hace no mucho tiempo. A algunos politicastros mustios, pacatos y gazmoños —gente incapaz de disfrutar buenamente una copa de tinto o de trincarse en santa paz un exquisito licor de pera— les vino a su cabecita la calamitosa idea de convertir sus muy particulares repulsas en interdicciones reglamentarias para el resto de los comunes mortales y determinaron así, con las leyes en la mano, que todo aquel que comerciara con cerveza rubia, whisky de malta pura, vino blanco de Alsacia o whiskey de Kentucky era no sólo un pecador privado sino un delincuente merecedor de multas y duras penas de prisión.

Los despreocupados consumidores, como ahora ocurre con la marihuana, no podían ser sancionados directamente por aquella cavernaria ofensiva legal pero debían procurarse sus tragos en tiendas y bares clandestinos que traficaban con bebidas importadas ilegalmente o, peor aún, con brebajes de muy dudosa procedencia. Pero lo más absurdo de la prohibición es que fue un detonador de mayor consumo, mayor tráfico ilegal, mayor delincuencia relacionada con la venta clandestina y un desproporcionado gasto de recursos públicos para meramente tratar de controlar a unas organizaciones criminales que, encima, se habían infiltrado en las policías y el aparato de justicia.

Cualquier comparación con la situación presente, en lo que toca a una sustancia tan presuntamente anodina e insustancial como la marihuana, es pertinente de necesidad. Es más, este paralelismo sirve de argumento central a todos aquellos —gente de todas las proveniencias: académicos, investigadores, líderes de opinión, antiguos funcionarios y hasta expresidentes— que promueven abiertamente su legalización.

Pero habría otras consideraciones: lo del alcohol, más allá de la esperpéntica experiencia de la prohibición y de las nefastas consecuencias que tuvo, nos lleva de manera directa al planteamiento de una primera cuestión: ¿qué tanta hipocresía puede existir en unos Gobiernos que consienten alegremente el consumo de una sustancia muy dañina —el abuso de las bebidas alcohólicas, algo que no se puede controlar legalmente porque corresponde al ámbito de la soberanía personal, provoca graves daños a la salud y tiene consecuencias sociales muy serias— y que, al mismo tiempo, prohíben la venta (no la utilización particular, miren ustedes) de esa marihuana que no es necesariamente más perjudicial? Y, en segundo lugar, ¿qué medidas proponen, si es que llegan a legalizar el uso recreativo de la yerba, para neutralizar a unas organizaciones criminales que ya están ahí, de cualquier manera, y que, al acabárseles el negocio, se dedicarán al robo, a la extorsión y al secuestro?

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