20 de Julio de 2018

Opinión

Himno a la vida

Ya plantamos un millón de árboles y seguiremos con todos los millones de árboles que Dios nos permita, porque lo que hacemos es sembrar vida...

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Ya plantamos un millón de árboles y seguiremos con todos los millones de árboles que Dios nos permita, porque lo que hacemos es sembrar vida y devolverle a la naturaleza todo lo que le hemos quitado con nuestras dañinas acciones. Quien esto dice es el profesor Raúl Monforte Peniche, un hombre dedicado a la agricultura sostenible que hoy pudiera estar sentado cómodamente, disfrutando el fruto de su labor de décadas, en los corredores de su casa en el rancho que tiene en Sucilá, pero que sigue trabajando -24/7, como dicen los jóvenes de hoy- en proyectos agroforestales.

Visitar al maestro Monforte –Raúl para sus miles de amigos, desde famosos como don Armando Manzanero (asiduo al rancho San Pedro) hasta modestos periodistas como este servidor- es siempre un momento vivificante, de renovado contacto con la naturaleza, y ocasión para conocer nuevos planes que hace este incansable septuagenario de espíritu vigoroso, convertido en máquina de trabajo.

En la más reciente ocasión en que tuve el gusto de estar con Raúl –además de desayunar soberbios chachakuajes, papaya dulce de su cosecha particular y café exquisito y almorzar un suculento chocolomo con salpicón, chiltomate y deliciosas, blancas hostias de maíz (elaborado todo por diligentes mujeres que colaboran con él en la cocina, en la que también es experto)- visité un apenas iniciado proyecto forestal, agrícola y apícola que desarrolla en un campo bautizado Amalia, en Sucilá, donde, además de producir miel de abeja europea hará un rescate de meliponas (la abeja sin aguijón originaria de América), en el que participa un inversionista español a quien enamoró el entusiasmo de Raúl y la posibilidad de unirse al rescate de la naturaleza.

Raúl sigue asimismo con un gigantesco plan forestal en tierras de Espita y Sucilá, donde hay plantaciones de cedro, caoba y teca que ya suman más de un millón de ejemplares y abarca miles de hectáreas que en unos cuantos años volverán a ser selvas de árboles maderables, bajo cuyas frondas renacerá pujante la vida.

De mi lado, siempre que tenga oportunidad voy a hablar del trabajo de este amigo de la humanidad que merece el Nobel de la agricultura sostenible (si hubiera) y es un ejemplo universal de persona comprometida con su entorno ambiental. ¡Gracias amigo. Tu trabajo es un himno a la vida!

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