12 de Diciembre de 2017

Opinión

Historia de lucha

Las familias de los 43 desaparecidos obtuvieron el compromiso del presidente Enrique Peña Nieto para “redignificar” a estas escuelas. Nadie lo cree.

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De los 140 estudiantes de primer nivel de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Guerrero, 110 están ausentes: los 43 desaparecidos tras los ataques en Iguala el pasado 26 de septiembre y 67 más que desertaron por temor.

El miedo, la desolación e incertidumbre se entremezclan en las aulas con la indignación, la necesidad de encontrar a los jóvenes y la demanda de justicia.

La puerta negra de uno de los dormitorios de la escuela rural de Ayotzinapa está sellada y sus paredes rojas lucen desoladas.

Diez de sus ocupantes están entre sus 43 estudiantes desaparecidos y otros cinco huyeron por miedo. Ernesto Guerrero, un alumno de 21 años que se hace llamar Comandante Malboro, sobrevivió al brutal ataque de policías y sicarios del narcotráfico en el que desaparecieron sus 43 compañeros el 26 de septiembre en Iguala, a 130 kilómetros de la escuela.

Guerrero, uno de los cinco estudiantes que quedan de este dormitorio, se siente orgulloso de permanecer aún en esta escuela de magisterio de ideología revolucionaria. Pero, igual que sus otros colegas de cuarto, cada noche busca un rincón en habitaciones de otros compañeros para no regresar a su solitario dormitorio.

“Mis padres me han dicho que me vaya a la casa. Prefieren que me quede sin estudiar a que me maten por ahí”, dice Ernesto parado frente a su dormitorio, pintado por ellos de rojo comunista con imágenes de Karl Marx y el Che Guevara.

En ese cuarto, que bautizaron “La Casa del Activista”, sus habitantes recibían “orientación ideológica y política”, dice hermético sin querer descubrir al enseñante.

Cuando nos íbamos a dormir “unos estaban con música, otros bromeando, cantando, leyendo en el círculo de análisis. Estábamos compartiendo ideas, pues”, recuerda este joven, que hasta agosto pasado empuñaba un fusil como miembro de un grupo de milicias de autodefensa comunitaria.

Además de su objetivo de ser profesor rural, Ernesto dice tener la misión de impedir a toda costa el cierre de la escuela de Ayotzinapa y de una docena de centros similares en el país que son parte de una federación de estudiantes campesinos.

PRIMERA CAIDA.- En esa misma escuela se formaron los líderes guerrilleros Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Estas aulas son el último reducto de un proyecto educativo para el campo creado al término de la Revolución Mexicana.

SEGUNDA CAIDA.- Los alumnos de estas escuelas públicas y radicales están acostumbrados a exigir con métodos contundentes, incluso violentos, que el gobierno las mantenga vivas. La noche de los ataques, los 43 estudiantes se habían apropiado de varios autobuses en Iguala para regresar a Ayotzinapa. El alcalde, José Luis Abarca, vinculado con un cártel narcotraficante, ordenó el ataque porque temía que los jóvenes fueran a boicotear un acto público de su esposa, María de los Ángeles Pineda Villa, según la fiscalía.

TERCERA CAIDA.- Las familias de los 43 desaparecidos obtuvieron el compromiso del presidente Enrique Peña Nieto para “redignificar” a estas escuelas. Nadie lo cree.

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