26 de Mayo de 2018

Opinión

Hojaldra para una tarde de lluvia

Esa tarde el viejo cascarrabias había guardado en el fondo de su alma todos sus pleitos con la vida y estaba contento.

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Una tarde de mayo que llovió fuerte en la ciudad, el anciano enojón dejó sobre la desvencijada mesa de su casucha el lujoso libro de Historia que le regaló una muy querida persona –el que coordinó Eric Villanueva sobre el henequén (que era uno de los temas que le apasionaban)- y se encaminó a la panadería de doña Concha en busca de una hojaldra para hacer chuk en su infaltable chocolate vespertino. 

Hay que decir que el engendro del pretérito nunca en su vida (al menos conscientemente) había bebido otro chocolate que no fuera el casero que se tortea sobre un cuadrado de papel de estraza y se pone a serenar toda una noche para que endurezca. Cerca de la panadería a la que iba, doña Sahuita (que era una matrona octogenaria) todavía hacía unas tablillas bastante decentes –claro, no como las de las abuelas Mamá Mech y Mamá Tonita-, con canela y una pizca de almendra. Pasó y le compró dos y siguió rumbo al negocio de doña Concha (el francés de esta esforzada microempresaria, como se les llama ahora, merece capítulo aparte).

Esa tarde el viejo cascarrabias había guardado en el fondo de su alma todos sus pleitos con la vida y estaba contento (como casi siempre se ponía después de una lluvia, aunque en su casa hubiera más goteras que un colador y tuviera que acomodar sus libros en algún rincón donde no se mojaran). Caminaba a  todo lo que daban sus artríticas piernas –la izquierda sobre todo- porque sabía que después de un aguacero las panaderías se llenan de ávidos clientes y el pan vuela como pan caliente.

En la tahona (recuerde usted que se trata de un culterano irredento), se encontró al tío Veloz –otro como él de lentos pasos cansados y al que le decían así ya se ha de imaginar usted por qué- y se pusieron a filosofar sobre los tiempos idos, con énfasis especial en los panes que ya no los hacen como antes. Veloz había ido por un tuti.

“Ya me enteré de lo de tu cocotazo”, le dijo el tío Veloz. “Sí hombé”, repuso el anciano con un yucatequismo, “pero el otro día me vio don Rafael Vázquez cerca de su panadería en la 62 y me dijo que cuando yo quiera él todavía los hace como los de antes, igual que las patas y los tutis. Ya veremos”. Mientras conversaban de los panes de antaño, se gastaron los de hogaño y se quedaron sin su hojaldra uno y sin su tuti el otro. Jugarretas del destino, musitó el carcamán, recordando un antiguo bolero, éxito del Barítono de Argel.

Sin transit gloria mundi, le pareció oír que decía el tío Veloz.

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