15 de Noviembre de 2018

Opinión

In fraganti

Existe la posibilidad de encontrar una explicación convincente para cualquier actividad humana, menos para el “adulterio in fraganti”.

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Podemos considerar que existe la posibilidad de encontrar una explicación convincente para cualquier actividad humana, menos para el “adulterio in fraganti”, opina  con  singular templanza don Bonifacio Costilla, empleado de la CFE encargado de hacer la lectura de los medidores de consumo. Y es que, considere usted −expone el electricista− porque la verdad no sé como explicarlo, pero en el instante cuando la puerta del nido de amor clandestino es derribada violentamente y se ve uno sorprendido por la esposa, el policía y el abogado, la situación adquiere tintes de tragedia, incredulidad, comedia y un dramatismo que sólo se encuentra en las películas que protagonizan Tomás Cruz o el agente 007, porque en milésimas de segundo, haciendo un único movimiento −en realidad conlleva diferentes acciones− hay que cubrirse la cara con la sábana, extender las manos en busca de una prenda, lanzar un beso disipado al bomboncito aventurero y proyectar con energía el cuerpo hacia la ventana más próxima y lanzarse al vacío. 

En el riguroso espacio temporal que media entra la expulsión y el aterrizaje, es conveniente enfundarse en la ropa rescatada para evitar −al momento de emprender la veloz huida− agredir las sanas costumbres que censuran exhibirse sin temor, portando una tanga modelo cebra por las calles.

Pero permítame aclarar: estrictamente hablando, no es que no exista la posibilidad de dar una explicación: lo que no hay es tiempo. Después, cuando llega el fatídico momento de encarar a los violentos invasores, el único argumento creíble es afirmar, de forma categórica: “No era yo”.  Está de más insistir en lo fundamental de esta última premisa. Si bien es engorroso repetir hasta el cansancio: “No era yo”, hasta el día de hoy no existe mejor salida que no sea la vehemente negación.

Por eso, cuando usted intenta comprender el fastidioso entuerto de la cuesta de enero, febrero y demás meses del 2016 y hallar luz a las razones de los vaivenes de la economía nacional, pareciera una metáfora perversa “in fraganti” la incongruente e incisiva argumentación de los especialistas en economía cuando pretenden justificar por qué México sigue atrapado crónicamente –y sin aparente compostura− en el desenfrenado tobogán, tan parecido al del parque al que asistíamos cuando niños. 

¡Vaya biem!

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