21 de Mayo de 2018

Opinión

Inquieta está la cabeza que porta la corona

La frase que encabeza esta nota, escrita por el monumental Shakespeare para su obra Enrique IV...

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La frase que encabeza esta nota, escrita por el monumental Shakespeare para su obra Enrique IV, no puede describir mejor los avatares de una cabeza coronada. Hoy, en estos tiempos de internet, realidades virtuales y un mundo tan acelerado, la mera imagen de una coronación o de una dinastía real suena a historias del pasado.

Precisamente es eso, el pasado, lo que le da una actualidad que muchos insisten en negar. Para nosotros como latinoamericanos, la imagen de una monarquía no representa mucho, pero para muchas sociedades es una hermosa y firme tradición que actúa como aglutinador de la sociedad y como centinela de su historia. En el caso de las monarquías europeas, las naciones han creado ingeniosas fórmulas de gobierno que las mantiene vigentes y a la vez las integra en las sociedades más democráticas e inclusivas del mundo. Tal es el caso de España, donde el viejo Rey Juan Carlos I, el noveno Rey de la dinastía de los Borbones, acaba de abdicar a su trono en favor de su hijo Felipe. 

Esta familia reina en el que fuera el imperio más poderoso de la historia con una que otra interrupción desde hace 314 años; cuando el desdichado Carlos II puso fin a la Casa de los Habsburgo a causa de su impotencia y terribles padecimientos provocados por consecutivos matrimonios intrafamiliares. 

La historia de España como nación siempre ha estado ligada a sus monarcas, algunos sabios como Carlos V que fue el primer monarca en abdicar en favor de su devoto hijo Felipe II que terminó siendo el más grande monarca de la historia de la humanidad; otros excelentes administradores como el bonachón Carlos III, conocido como el “Alcalde de Madrid”; otros bastante imbéciles como el tarugo de Fernando VII, que fue, a mi criterio, el culpable del atraso de España y su decadencia durante el Siglo XIX o frívolos y desconectados como Alfonso XIII, el último rey antes de la efímera República Española. 

Por su parte, Juan Carlos I siempre estará ligado a la integración de España en la Unión Europea y su vertiginoso crecimiento económico durante los 80 y los 90 del siglo pasado. Mal harían los españoles en terminar una bella tradición que funge como embajadora de alto nivel de su país ante el mundo y que cuesta mucho menos que cualquier presidencia de Latinoamérica. 

Ojalá que tal como Juan Carlos I es identificado con el nacimiento de la democracia española y su desarrollo, Felipe VI sea identificado como la imagen de la recuperación.

Larga vida a un buen Rey que ha usado Guayabera y quiere mucho a México y buena suerte a su hijo para que siga sus pasos centenarios con firmeza.

PD: Se cumplen 70 años del desembarco aliado en Normandía, el día en que miles de jóvenes se lanzaron a las costas de Francia a sacar el mal de Europa como si de un cáncer se tratara. Su memoria vive más que nunca y su sacrificio es ejemplo de entrega y devoción.

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