Jack, el asesino romántico

Con otro movimiento, la pegó contra el muro, retirando de ella un objeto puntiagudo.
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Enredó sus dedos entre su cabellera pelirroja y tiró de ella, al tiempo que la abrazaba por la espalda, besando su cuello, mientras con la otra mano presionaba con fuerza contra su pecho, dejándola sin aliento; podía sentir sus latidos incrementando, su corazón desbocándose y su respiración acelerada. En la oscuridad de aquel callejón, la luna iluminó la necesidad y el deseo.

Aun sujetándola con fuerza, reclamó más de cerca su cuerpo, deslizando besos sobre su cuello hasta alcanzar sus labios, que, enrojecidos y entreabiertos, ahogaban la sorpresa de un último aliento. Con otro movimiento, la pegó contra el muro, retirando de ella un objeto puntiagudo, que a la luz de la luna resplandeció ensangrentado, ella le miró consternada, mientras la eternidad la reclamaba, se tambaleó moribunda, y sin más gracia, se desplomó contra el suelo.

El hombre la contempló con una sonrisa llena de satisfacción y arrogancia, aflojó el moño de su esmoquin y se quitó el sombrero de copa que resaltaba la elegancia de su presencia, dejando caer una cabellera larga y castaña.

Se acercó al cuerpo de la joven, se inclinó y con un par de dedos rozó el charco de sangre tibia que aún brotaba de su pecho, se incorporó, y con caligrafía perfecta sobre el muro de ladrillos escribió: “Jack the Ripper”.