16 de Noviembre de 2018

Opinión

Jubilación y ambiente

Jubilarse implica recibir una mediocre pensión que ni de chiste iguala el monto del último ingreso percibido.

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En la mayoría de los casos en este país, jubilarse implica recibir una mediocre pensión que ni de chiste iguala el monto del último ingreso percibido. Vivir implica trabajar como un perro hasta que alguien nos retira el hueso de la boca y nos avienta unas croquetas húmedas, porque ya no tenemos dientes para morder.

Así, sin dentadura, nos mandan de regreso a casa. Muchas veces a vegetar y malpasarla, sin actividad y motivos de desarrollo personal. A la extrema dificultad de conseguir chamba después de los sesenta, los quince o veinte años que se vienen por delante, sometidos a designios fatalistas, se antojan parte de una comparsa parecida al carnaval. Por último, después de haber laborado diez horas diarias en un ambiente controlado, considere usted la desgracia de verse súbitamente desprotegido, a merced del clima y temperaturas de Yucatán.

Mi primer día de retiro, para aliviarme del calor, encendí todo el día el aire acondicionado de la recámara. Mi vieja de inmediato me advirtió si contaba con recursos para afrontar el gasto. Hice caso omiso el primer bimestre, pero el recibo de consumo casi me provoca un infarto y suspendí el procedimiento. Opté por visitar las plazas comerciales para encontrar sosiego. De nuevo mi esposa reclamó que nada más estoy de rabo verde, viendo pasar las chamaquitas, sin hacer nada de provecho.

No entiendo qué tiene que ver una cosa con otra. Aclaro que no me prohibió seguir yendo cuando quisiera, pero la jeta de palo, el pésimo humor y la actitud de “ya me las pagarás, cabrón” me hizo considerar lo delicado del asunto siempre que decido salir. Y todo porque a ella no le dan ganas de venir conmigo, más la letanía de pendientes hogareños que alega tener.

Al paso del tiempo de vivir enclaustrado, hecho un idiota, bajo el efecto mediocre del ventilador, la única distracción que me ha dado  consuelo del calcinante contexto es seguir, a distancia prudente, la reconfortante anatomía de la muchacha de servicio.

Del comedor a la sala, de la sala al jardín, o bien, pasar a la terraza, porque tengo prohibido entrar a la cocina o a mi cuarto antes de la siesta. Por eso me urge la innovación que motive mi espíritu emprendedor y agenciarme el confort que ayude a sobrellevar los veranos que quedan por cubrir en esta bendita tierra.

¡Vaya biem!

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