12 de Diciembre de 2017

Opinión

La campaña perdida

Cuando éramos niños, en algún momento nos enseñaron que el término "computadora", viene del verbo inglés "compute", referente a la idea estadounidense de contar cifras...

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Cuando éramos niños, en algún momento nos enseñaron que el término "computadora", viene del verbo inglés "compute", referente a la idea estadounidense de contar cifras, y que "ordenador", de ordenar datos, más propio de la filosofía europea. 

En la elección federal que estamos a punto de vivir, los partidos políticos demostraron nuevamente que no están conectados con el mundo moderno, pues más allá de los conocidos "bots" e inserciones pagadas en los muros de Facebook, las redes sociales fueron minimizadas como plataforma de comunicación con la ciudadanía. 

Para los institutos, lo más que los usuarios de internet significaron fueron números que agregar a los reportes de actividades diarias. Cifras que sólo sirven para abultar las cuentas de "followers" y "me gusta", nunca para conocer el sentir de estas personas, interactuar o encarar las acusaciones en un foro público como la web. 

La campaña en línea fue "computada" para adornar los recorridos y las fotos, nunca "ordenada" dentro de la estructura proselitista, esto, por la sencilla razón de que dentro y fuera de internet, los ciudadanos no contamos como individuos, sino como dígitos en las gráficas y "salas de guerra". 

Un ejemplo sencillo que podemos hacer, sin caer en un delito electoral, es dar un vistazo a la lista de seguidores de cada aspirante en sus cuentas de Twitter y Facebook, mediante la herramienta www.followerwonk.com. De esta forma, podremos encontrar hasta qué grado la estrategia digital de los partidos se basa en concentrar cifras a granel, desdeñando el lado humano de las redes sociales, que aunque no lo parezca, sí lo tiene. 

Para los aspirantes, la cuestión nunca fue usar las redes sociales para -válganos la redundancia- socializar y dar a conocer sus "propuestas"; sino como un repartidor de panfletos digital al cual nunca ponerle la mayor atención. Sin embargo, la razón de esta sinrazón dista de ser causa única de los partidos, más bien, de la apatía y desinterés que socaba todo el proceso electoral desde su origen. 

Ciudadanos desinteresados engrandecen las ambiciones de los malos políticos. Los usuarios de redes sociales, proclives al escándalo y show mediático, tampoco supimos dar este año una muestra de trabajo político y demostrar que detrás de los memes y los crédulos que cayeron en la  campaña viral #charliecharlie, se esconde una seria preocupación por el futuro de nuestros Estados y la falta de propuestas realistas, que hizo su agosto en esta campaña. 

Seres antisociales

Saliendo de la esfera política, un fenómeno interesante y casi exclusivo de las redes, en especial en Facebook, son los grupos o páginas cuya premisa es el sentido de comunidad, pues a pesar de su nombre y la plataforma, es todo menos una sociedad. 

El poder individualista de las redes sociales dio al traste con el concepto de integración que mucho tiempo atrás -en años de internet-, tenían los foros. Al principio se creyó que trasladar estas comunidades a Facebook permitiría mayor conectividad e interacción con el aumento en el número de usuarios, sin embargo, esta "popularización" no fue lo esperado. 

El resultado es sencillo de definir: entre más usuarios, menor calidad de contenido y mayor causa de fricciones. Las nuevas redes sociales sacaron al pequeño dictador que llevamos dentro, y hace que antepongamos nuestro interés a de los demás, pero de formas poco amables. 

La cortesía que antes se seguía en los hoy difuntos -o casi en proceso- "Foros México", "xTo2", "La Trinchera" o incluso, en el foro de la Presidencia de la República en tiempos de Vicente Fox, hace mucho que se perdió en Facebook, dando paso ya no tanto a la burla, sino a la ignorancia con que cualquier tema, noticia, rumor o idea se desarrolla en la red social. 

Y luego nos preguntamos por qué no nos toman en serio para la política. 

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