25 de Septiembre de 2018

Opinión

La condena de Iñaki Undagarín como muestra de democracia e igualdad.

La percepción de la nobleza europea y de su monarquía ya es hoy en día una leve sombra de lo que era antes.

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La percepción de la nobleza europea y de su monarquía ya es hoy en día una leve sombra de lo que era antes. Pero a pesar de eso, la simbología de los reyes y la alta aristocracia como garantes de la estabilidad y de la unidad nacional es innegable. Sólo basta ver el revuelo que causa cuando al caminar por una calle, los españoles se toman con los reyes caminando junto a ellos de manera despreocupada, sin embargo, la reacción del ciudadano de a pie es de respeto y atención ceremoniosa. La posición de la Monarquía como institución de corte casi medieval en estos tiempos turbulentos y modernos es muy frágil y como regla general sus integrantes suelen tratar de comportarse a la altura de la circunstancia. Hoy en día el noble o monarca, a pesar de poseer su condición por herencia, se gana su lugar en la sociedad con la gracia del pueblo mientras que antes el pueblo vivía por la gracia del rey.

Esta semana acaba de ser condenado a seis años de cárcel Iñaki Undagarín, esposo de la Princesa Cristina de Borbón y ex Duque de Palma de Mallorca. Su condena y la imposición de una fuerte multa a la infanta en persona son una muestra digna de admiración sobre el sistema judicial español. Mucho debemos aprender de ellos cuando personajes en nuestro propio país se han escapado de la mano redentora de la justicia por poseer investiduras divinas muy parecidas a las que ungen a reyes y aristócratas. Tal es el triste caso del Padre Marcial Maciel, creador de la Orden de Los Legionarios de Cristo; que al destaparse su infinidad de crímenes y abusos sólo conoció un tibio retiro para meditar sobre sus fechorías. Nunca la ley le puso la mano encima a un hombre que debió haber terminado sus días en la cárcel y no en una cómoda cama de seminario.

La veneración que nos despierta un personaje eclesiástico como latinos es muy similar a la que despierta en las monarquías constitucionales sus reyes o nobles. Sin embargo, en España, a pesar de la altura de los títulos que encumbraban a Undagarín y a su esposa, éstos fueron defenestrados de la nobleza por el Rey Felipe VI, que a la más arcaica usanza y en pliegos de papel encerado con sellos de lacre como antaño los despojó de todos sus títulos y los redujo a nivel de calle. 

Para colofón, la reciente condena de un tribunal dirigido por un ministro nombrado por el Rey en persona da certeza a que nadie está por encima de la ley. Al mirar los delitos que se le imputan a ambos ex Duques no puedo más que sonreírme al compararlos con la montaña de desvíos y de lavado de dinero que han sido destapados de gobernadores de nuestro país. Es más, probablemente sea trasladada a la comodidad de su casa nada más y nada menos que Elba Esther Gordillo. Les sale bien robar en casa de pobres a nuestros pillos e igual les sale bien abusar de niños. Más de 500 casos conocidos y ni un solo condenado.

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