La FIFA, mojigata y bostera

Hay que decirle a la Federación que, antes de censurar palabras, barra las toneladas de estiércol que acumula en sus tétricos salones. Si no yo sí les voy a gritar: “¡Eh..!

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Che bostero (bostero es el que recoge las bostas, o sea el estiércol) sos un cagón, le dice el seguidor del Boca Juniors al fanático del RiverPlatey no se pelean por eso. Si acaso, aquél le responde: “Y vos un gallina”. Los Estudiantes de La Plata son conocidos como Pincharratas. A los hinchas del Palmeirasde Brasil todos les gritan porco (cerdo). Y así podemos ir de un lado a otro de la geografía mundial y veremos apodos a cual más groseros, si hemos de atenernos al mojigato diccionario de la FIFA.

La pulquérrima institución –que ella sí nada sin hacer ascos en bostas de corrupción tamaño rascacielos- no se ha detenido a analizar un apodo que hoy suena de lo más inocente y lo escriben todos sin sonrojarse: culé, que no significa otra cosa que culón y se deriva de cuando el Barcelona jugaba en un pequeño estadio (entre 1909 y 1920). Cuando se llenaban las gradas sus fans se sentaban en el borde del muro que daba a la calle dejando ver sus traseros. Los que pasaban abajo les veían el cul (culo en catalán, en maya es kul), de modo que se les quedó el apodo: culés (pierde la r, ya que en realidad debían ser culers: culones).

Por eso yo estoy de acuerdo con mi maestro Piojo Herrera cuando critica a la muy decente FIFA por avisar que sancionaría a la Selección Mexicana si sus seguidores mantienen el homofóbicogrito de ¡eh puto! al portero contrario cuando despeja el balón. Estoy convencido de que no hay palabras malas –habrá algunas que no será conveniente decirlas en ciertos contextos-, sino intenciones que pueden ser no sólo malas sino inclusive perversas y hasta mortíferas.

Mi compadre –que seguro está en el cielo- le decía a su hijo Chaparro pelaná y lo amaba sin medida. Jamás me pareció que fuera ofensivo. “¿Qué hay puñal?”, le dice un yucateco a algún amigo y éste no se ofende. 

Hay que decirle a la FIFA que, antes de censurar palabras, barra las toneladas de bosta (caca, mierda, estiércol) que acumula en sus tétricos salones. Si no yo sí les voy a gritar: “¡Eh putos!”, soscagones.

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