21 de Septiembre de 2018

Opinión

La justicia: de Salomón a hoy

Se dice que el Derecho permite no sólo el control de las conductas “extra sociales” a través del castigo que aplica, sino que también las previene evitando que un individuo salga de la lógica y el orden establecido.

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La justicia es quizás el valor que como sociedad más apreciamos y su significado va mucho más lejos del concepto legal que reza: “justicia es dar a cada quien lo que en derecho le corresponde” porque en principio deberíamos determinar ¿qué es lo que debe corresponder a cada quién?

Se dice que el Rey Salomón, personaje bíblico famoso por su sentido de justicia, se enfrentó a complejos, casi irresolubles casos durante su mandato. Aquí uno de ellos: dos mujeres se disputaban la maternidad de un niño vivo, sin reconocer ninguna ser la madre de otro niño, que había muerto. Ambas afirmaban del mismo modo ser la madre del niño vivo y el rey, después de escuchar una y otra vez las mismas versiones de cada una de las mujeres, pidió una espada y ordenó: -¡Partid al niño en dos! Una de las mujeres, horrorizada rogó al instante: ¡Señor mío, dad el niño vivo a ésta y no lo matéis! con lo cual Salomón pudo acercarse a la verdad y decidir en consecuencia la mejor sentencia.

La principal dificultad de Salomón es que, llegado el caso hasta él, sin más referencias, carecía de prueba alguna para poder apreciar la veracidad de lo que decía cada una de las partes en conflicto, ambas en igualdad de condiciones para dar sus alegaciones.

Las cosas no han cambiado mucho desde esas épocas remotas, incluso antes de los tiempos en los que se ubican las famosas decisiones salomónicas. El ser humano sigue viviendo en conflicto constante y ese conflicto puede ser con otros seres humanos, incluso de su propia familia, con las instituciones, las empresas, el medioambiente, etc.

¿Cómo hemos sobrevivido los seres humanos a este conflicto permanente, latente, propio de nuestra naturaleza? La respuesta es conteniéndolo, puesto que de lo contrario seríamos una sociedad en caos, atenidos sólo a nuestro autocontrol, que no suele ser mucho tal como se aprecia al abrir los periódicos, ver la televisión o navegar por Twitter o Facebook, donde circulan con gran repercusión tantas notas y videos de conductas reprobables.

La propia religión ha tratado de hacerlo permanentemente, y durante muchos años tuvo preponderancia el llamado “derecho divino”, depositado en los monarcas. También lo han previsto prácticamente todas las culturas, acorde a su época, como los sangrientos castigos del derecho maya o la famosa “Ley del Talión” (aquélla de ojo por ojo, diente por diente), pero que muchas veces estaban cargados de subjetividades, con leyes y castigos selectivos.

Finalmente, llegó el derecho que hoy conocemos (y que los estudiosos llaman positivo), que aunque nutrido de los usos y costumbres, la sabiduría popular y las vivencias de la sociedad, es universal y efectivo.

Se dice que el Derecho permite no sólo el control de las conductas “extra sociales” a través del castigo que aplica, sino que también las previene evitando que un individuo salga de la lógica y el orden establecido en su familia o en su sociedad, es decir, que cometa un delito.

Como en el caso de las mujeres que se diputaban al hijo vivo, nuestro Derecho actual, funciona a través de la prueba y sólo a través de ella puede una decisión acercarse a la verdad. De eso hablaremos en nuestra siguiente entrega.

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