20 de Octubre de 2018

Opinión

La Llorona (y 3)

Este relato también le fue transmitido a fray Bernardino de Sahagún por sus informantes indígenas y su versión se puede leer en la Historia de Tlaxcala...

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Eduardo Matos Moctezuma sostiene que el conocido relato de la Llorona tiene su origen en el periodo prehispánico. Cita a fray Diego Durán, quien señala que, en los últimos días de su reinado, Moctezuma II andaba preocupado por una serie de pronósticos que se referían al fin de su mandato. Además, encomendó a todos los que tenían por costumbre andar de noche que, si encontraban a aquella mujer que andaba llorando y gimiendo, le preguntasen por qué llora y gime.

Este relato también le fue transmitido a fray Bernardino de Sahagún por sus informantes indígenas y su versión se puede leer en la Historia de Tlaxcala de Diego Muñoz Camargo. Está asociado a los siete presagios funestos que se supone sucedieron antes de la conquista española y que vaticinaban el final del imperio mexica de Tenochtitlan. La aparición de la Llorona era uno de los presagios.

Agrega la narración de Sahagún que la mujer llevaba una cuna al mercado y allí la abandonaba. Cuando las otras mujeres iban a ver qué había dentro de la cuna, sólo encontraban un cuchillo de pedernal como los que se usaban para los sacrificios. Muñoz Camargo agrega que en esos tiempos, en las calles de la capital y por las noches, se oía una mujer que lloraba y decía: ¡Oh, hijos míos!, ¿dónde os podré llevar y esconder?

La Llorona trascendió al periodo colonial y perdura en la tradición oral. Luis González Obregón comenta en su libro Las calles de México que, a mediados del siglo XVI, los vecinos escuchaban tristísimos gemidos de una mujer con traje y velo blancos. Recorría las calles del centro y llegaba a la Plaza Mayor, donde se hincaba y volteaba hacia el oriente para proferir el último lamento. Después continuaba hacia las orillas del lago (sic), en donde desaparecía. 

González cita a José María Marroquí, quien afirmó que los conquistadores quedaban mudos, pálidos y fríos en presencia del espectro. Los hombres más audaces que la siguieron sólo lograban verla desaparecer en el lago. No se sabía quién era y de dónde venía. Por sus repetidos lamentos se le dio el nombre de “La Llorona”.

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