12 de Diciembre de 2017

Opinión

La Muerte entre nosotros

En un país donde las instituciones y sus operativos fungen como sicarios de sus ciudadanos, cabe la reflexión sobre qué tan sano es ese culto a la muerte.

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No vale nada la vida, la vida no vale nada. José Alfredo Jiménez, cantautor mexicano

Más allá de las fiestas y ritos que se suceden a lo largo y ancho del territorio mexicano con motivo del internacionalmente famoso Día de muertos (ya hasta hay película animada y hubo intentos de hacerlo marca registrada), valdría la pena detenernos un poco para reflexionar sobre lo que significa la muerte en nuestro país.

La escalada de violencia de la que somos víctimas como ciudadanos puede encontrar sus orígenes en la cultura de adoración a la Santa Muerte, pues no sólo es símbolo de la narcocultura y todo lo que conlleva, sino que se ha popularizado en otros niveles, al grado de que se ha vuelto común encontrar figurillas mórbidas incluso dentro de los hogares, ya que en calles y mercados se ha vuelto mercancía solicitada, a la par de Jesús Malverde y los insufribles corridos, que no son sino loas épicas que idealizan el estilo de vida a partir de las drogas y sus letales consecuencias.

Esta parafernalia en apariencia inocente o, si acaso, provocadora del statu quo, contribuye a perpetuar el supuesto desprecio que los mexicanos tenemos hacia la muerte, ya que, aunque pretendemos reírnos de ella, en el fondo le tememos. Por eso rodearnos de este tipo de iconografías paulatinamente nos va insensibilizando, aunque vivamos en un constante estado de negación.

En un país donde las propias instituciones y sus operativos fungen como sicarios de sus mismos ciudadanos, cabe la reflexión sobre qué tan sano es ese culto a la muerte que nos caracteriza. Con lo anterior no pretendo denostar las bellas tradiciones y el folclore que nos rodea en estas fechas que en lo particular me son significativas por haber nacido en estos tenebrosos días, pero muchas veces me pregunto por qué las llevamos al exceso.

Las matanzas y la violencia cotidiana han llegado hasta el colmo del paroxismo ante nuestros ojos, pero muchas veces parece que nuestra mirada no alcanza a penetrar más allá de lo que entendemos como cultura popular, si bien pensadores como Octavio Paz y muchos otros han abordado este tema desde hace más de 50 años seguimos en las mismas, ya que el descaro y la indiferencia frente a la otredad están a la orden del día, pues la muerte camina entre nosotros mientras cortésmente le cedemos el paso, porque, eso sí, desenfundamos las armas a la menor provocación, pero somos muy educados.

No me queda más que cuestionar: ¿cuándo comenzaremos a valorar y a celebrar la vida sin disparos al aire?

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