21 de Septiembre de 2018

Opinión

La Rosita nada fresita

Quizá varios colaboradores de Mamá Rosa vayan a parar a la cárcel por casi cometer crímenes en contra de los menores afectados, pero ella pasará sus últimos días gozando de libertad.

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Los infantes estaban instalados en un albergue de “10 estrellas”, con ratones y murciélagos incluidos, gracias a “Mamá Rosa” (recuadro).

El caso de Rosa María Verduzco, mejor conocida como “Mamá Rosa”, es sumamente delicado. Tiene 85 años de edad y, aunque todo parece indicar que sí es culpable de los maltratos, humillaciones, abusos sexuales y violencia contra sus supuestos “protegidos”, niños, niñas y hasta adultos varones, algunos en fase de senectos en el famoso albergue La Gran Familia, en Zamora, Michoacán, ella no será castigada-

Quizá varios de sus colaboradores vayan a parar a la cárcel por casi cometer crímenes en contra de los menores afectados, pero “Mamá Rosa” pasará sus últimos días gozando de libertad aunque su imagen de “santa” se pierda para siempre. Una farsa que llevó al cabo durante más de 60 años. Al final, todo cae por su propio peso.

Aquí les presentamos testimonios de menores y madres que pasaron las de Caín para sobrevivir y que esperan les regresen a sus hijos, respectivamente. Nada bueno. Habría que checar si en otras partes del país, incluyendo a Yucatán (la supuesta tierra maravillosa, donde nunca pasa nada malo o desagradable), no existen otros albergues para menores o de ancianos, donde las violaciones a los derechos humanos son iguales o más crueles que los aplicados por Rosa María Verduzco, la ruquita nada fresita.

Lo que fue el hogar

Algunos de los niños que permanecen en el albergue La Gran Familia empiezan a mostrar las secuelas del desmantelamiento del que, con maltratos y todo, fue su hogar. De inquietos y traviesos, pasaron a introvertidos y temerosos, incluso, con intentos suicidas. Israel Béjar Pulido tiene aquí dos años tres meses. Narra que muchos días fueron una "pesadilla", porque los más grandes abusaban de los más chicos, pero también que ver cómo se ha ido vaciando el albergue le causa angustia.
Cumplió apenas 12 años, y para él, aprender a tocar el saxofón se convirtió en una terapia; "me ayudó a sobrellevar los trancazos". Platica cómo se refugiaba en el instrumento para no pensar en otra cosa. Primero quiso estudiar clarinete, pero el grupo estaba completo. Ahora, dice, se siente abandonado porque tenía algunos amigos "y ya se fueron". Su crisis fue tal, que los funcionarios que tienen a su cargo el albergue tuvieron que dejar entrar a su madre para que lo acompañara adentro mientras terminan con el papeleo. "Estaba muy feliz de saber que saldría, pero han pasado varios días y no veía que me dejaran ir con mi mamá y ya me estaba desesperando".

Repite la historia: maltrato, golpes, humillaciones. "Algunos de los más grandes nos pegaban, a unos los violaban". Mamá Rosa era "pesada", dice, "varias veces me dio de cachetadas, como cuando reprobé un examen y los maestros me acusaron".

Los maestros (casi todos internos del mismo albergue) utilizaban varas, cinturón o palos para castigarlos. Aquí aprendió lo que es comer pan y tortilla enlamada, sopa o cualquier otra cosa entre ratas y cucarachas, agua sucia. Dormía en un mismo cuarto con 25 muchachos, con quienes también compartía el baño. Todas las tardes, después de cenar, a las siete, los ayudantes de Mamá Rosa cerraban con candado la puerta. Tenía piojos, dice, a pesar que todos los días se bañaban con agua fría a las seis de la mañana.

Espera a su hijo

Alondra Arellano García tiene la mirada perdida. Llora, no habla. Lleva siete días esperando la entrega de su niño de cinco años. Vivió 27 años en el albergue de La Gran Familia y hace 45 días se escapó y lo dejó allí.
Legalmente su hijo se llama Gabriel Alejandro Verduzco Verduzco. Cuando nació, la fundadora y directora del albergue, Rosa Verduzco, le advirtió que el niño no le pertenecía y la hizo firmar un documento notariado donde le cedía la guarda y custodia, la misma situación en que se encuentran los casi 600 bebés, menores y mayores rescatados.

La propia identidad de Alondra está en esas circunstancias. Llegó al albergue de ocho meses y Mamá Rosa le cambió los apellidos: "Enfermé y su papá me la robó y vino aquí a entregarla. Hice todo lo que pude para recuperarla, denuncias, mandé cartas a los presidentes de la República, denuncié a derechos humanos y nadie me hizo caso. Ella legalmente tenía la patria potestad.

Hace ocho días me tocó venir y falleció mi papá. Lo tenía tendido en Uruapan y yo estaba aquí esperando que me dejaran conocer a mi nieto", dice su madre, Hilda Elizabeth García Rojas Pérez a unos metros del albergue.
Madre e hija son prácticamente dos desconocidas. Mamá Rosa le permitió verla sólo seis veces durante 27 años. "Me llegó a la casa hace mes y medio.

Se escapó cuando los sacaron a comprar algo. Sicológicamente está por los suelos. No le puedo hablar porque se enoja. No tiene ningún respeto por nada, no le enseñaron modales, no sabe hacer nada, no sabe de obligaciones, está salvaje. Se sirve a sí misma. No come, no habla, es muy agresiva."

Alondra sigue con la mirada perdida, llorando, mientras su madre habla. La Procuraduría General de la República, a cargo del lugar, sólo le ha permitido ver a su niño una vez: “Es que dicen que ella le pegaba al niño con un palo. A ella también le pegaban con un palo. ¿Qué pueden esperar? Vivió así 27 años, no conoce otra forma. Allí se embarazó, allí se alivió (parió)… ¿Quién es el papá del niño, hija?”, le pregunta su madre.

Alondra voltea y le lanza una mirada de enojo. Mira a la reportera y contesta: "Es uno como yo. De los mismos. Se llama Marco Antonio Reyes López, es de Lázaro Cárdenas, pero luego de escaparse se cambió de nombre. No me importa, no lo quiero ver". Su madre la interrumpe y la cuestiona: "¿Di, hija, ¿cómo fue tu vida allí adentro?". Alondra vuelve al mutismo y su mirada se pierde rumbo al lugar que fue su hogar por 27 años. Su madre se encarga entonces de narrar el horror de maltrato y abusos que sufrió.

Querían a su victimaria

A pesar de todos los abusos, la mayoría de los internos sufre el llamado Síndrome de Estocolmo: "Hay chicos muy tristes, muy ansiosos por irse, otros muy inquietos porque no se quieren ir; sienten que éste es su hogar; (están) impactados sicológicamente porque llegaron desde muy chicos. Todavía no dimensionan que ya se van; todos sufren el síndrome de Estocolmo, se van llorando".

No obstante el maltrato que padecían, la mayoría dice que quería a Mamá Rosa: "Ella es su victimaria y la consideran buena.

La única demostración de amor que conocían era a palos. Dicen que la quieren, la ubican como alguien que se fijó en ellos, que los cuidó, hay gente que nació aquí. A pesar de todo el maltrato, siguen enganchados a su victimaria".
Amiguitos, amiguitas, ya saben: sugerencias para que todos los culpables reciban su merecido castigo, enviarlas a [email protected]x y/o [email protected]

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