17 de Julio de 2018

Opinión

La última tentación

La novela del escritor griego Nikos Kazantzakis es considerado el mejor novelista griego del Siglo XX.

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La única forma de deshacerse de la tentación es rendirse a ella.- Oscar Wilde

“La última tentación” (1951) es una novela del escritor griego Nikos Kazantzakis, quien nació en 1883 en Creta. Licenciado en Derecho por la Universidad de Atenas, también estudió con Henri Bergson en París. 

Siempre tuvo preocupaciones filosóficas y espirituales, razón  por la cual tomó una rigurosa reclusión en el monasterio del monte Athos.

Kazantzakis es considerado el mejor novelista griego del Siglo XX. Fue nominado al premio Nobel en 1957, perdiendo por tan sólo un voto frente a Albert Camus. Más tarde, ese mismo año, habría de morir en Alemania, víctima de la leucemia. Sus obras más notables son “Alexis Zorba” (1946), adaptada al cine como Zorba, el Griego; “Cristo de nuevo crucificado” (1948),  que en su versión cinematográfica se llamó El que debe morir; y “La Odisea: una secuela moderna” (1938), un enorme poema épico que el propio Nikos consideró su mejor obra.

“La última tentación” es una compleja y profunda ficción que examina –y desmitifica- la pasión cristiana, ya que nos presenta a un Jesús que se debate entre la eterna dicotomía del espíritu y la carne, cuyas preocupaciones existencialistas y debilidades nos muestran a un Mesías en conflicto entre la divinidad y el ser humano -dolorosamente humano-. 

Cuando se encuentra en la cruz, elige ser un hombre y no un dios, la vida en lugar del sacrificio, su felicidad y no nuestra salvación. Se casa con María Magdalena, tiene hijos con ella y, cuando ésta muere, se enamora de Marta de Betania, hermana de Lázaro.

Sobre estos tópicos gira esta novela incomprendida, tachada como herética por algunos -perdónalos, no saben lo que hacen-, pero considerada universalmente una obra maestra. Kazantzakis fue excomulgado por la Iglesia Ortodoxa Griega en 1955 y la novela entró en el Index librorum prohibiturum, lista de libros perniciosos, según el Vaticano.

Fue llevada al cine en 1988 con ciertas dificultades, ya que el director Martin Scorsese –italoamericano de extracción católica-, enfrentó el boicot de la fanaticada cristiana, que bloqueó su distribución en salas de cine. Juan Pablo II la condenó públicamente a pesar de la magnífica interpretación de Willem Dafoe (Cristo), Harvey Keitel (Judas) y Barbara Hershey (María Magdalena).

Recomiendo su lectura y la reflexión que suscita. Kazantzakis lo mismo admiraba a Cristo que a Buda, Nietzsche y Lenin. Dudas metafísicas y sociales que parecen decirnos que la tentación más fuerte que puede tener un hombre es la de ser un hombre común. Su esclarecedor epitafio reza: “No espero nada, no temo nada, soy libre”.

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