22 de Agosto de 2018

Opinión

La vida fácil

Si es necesario puedo redefinir el amor a mi conveniencia ¡viva yo!

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En alguna ocasión un inspector de educación había llegado a una escuela, paseándose de salón en salón veía cada una de las distintas clases, por momentos hacía alguna observación al maestro en turno y breves comentarios a los alumnos, hasta que por fin se decidió a hablar ante los escolares. Les explicaba que era entera responsabilidad del maestro hacer que las clases fueran divertidas, que ellos no tenían que aceptar clases que fueran desagradables y que el maestro tenía que esforzarse en hacer siempre placentera su experiencia en la escuela.

Me pregunto si esta manera de presentar la educación es la más adecuada; es cierto que los maestros han de trabajar en hacer de sus clases experiencias enriquecedoras para los alumnos, también es cierto que como parte de una buena educación hay que hacer saber a los discípulos que no todo será fiesta y risa durante nuestra vida. Hay que perseverar en la cultura del esfuerzo y en muchas ocasiones tendremos que pasar por momentos nada agradables para alcanzar un bien mayor; la perseverancia y el sacrificio son el rico abono que ha permitido grandes éxitos al ser humano.

Vivimos en una época en la que, cubiertos de beneficios y satisfactores de todo tipo, los seres humanos nos comportamos exactamente como sugería el inspector escolar: no queremos aceptar nada que nos implique molestia, nada que contraríe nuestros intereses y deseos; esperamos de la vida que servilmente se rinda ante nuestras necesidades y caprichos.

Digno hijo de un posmodernismo brutalmente permisivo, el ser humano actual pretende que la moralidad, las leyes e incluso las ciencias se adapten a sus conveniencias; si hay algo que no nos guste de la realidad, el primer paso será negarla y asumir que la verdad es aquello que cumple nuestras voluntades, no importa si para ello hemos de trastocar conceptos como derecho, justicia, familia, matrimonio, sexo o cualquier otro, finalmente cualquiera de las realidades será aquello que yo desee que sea y no lo que realmente es.

El objetivo final acaba siendo lograr que toda realidad que no se pliegue a mis deseos sea negada y surja una nueva, acorde con mis intereses, conveniencias y deseos; si para ello hay que negar y satanizar todo aquello que me lo impide, habrá que hacerlo, todo sea por el interés de hacerme la vida más fácil y agradable, sin tener que enfrentarme a cuestionamientos de índole biológica, psicológica, moral, legal o religiosa. ¡Lo que importa soy yo y la verdad que se pudra!

Ahora se tacha de tener doble moral a quien simplemente tiene conciencia moral, la infidelidad en el matrimonio es un problema que siempre ha existido; en otra época, quien caía en infidelidad lo callaba porque en su conciencia sabía que lo que hacía no era algo bueno, a la gente con esta conducta ahora prácticamente se le quiere quemar en la hoguera, acusada de practicar una doble moral cuando simplemente en su interior sabe que no ha actuado bien.

Por el contrario, ahora el descaro y la desfachatez se barnizan de una capa de autenticidad; quien actúa sin conciencia moral y además lo grita a los cuatro vientos es casi un héroe que se manifiesta con autenticidad como es, como si el hecho de hacer algo malo y que no nos importara fuera digno de aplauso.

Esta vida fácil requiere negar todo aquello que obstaculice mis deseos; si es necesario puedo redefinir el amor a mi conveniencia ¡viva yo!, si hay que redefinir la justicia ¡hagámoslo si así sirve a mis intereses!, si el concepto de matrimonio no se ajusta a mi voluntad ¡cambiémoslo!, ¡neguemos el concepto de familia y elaboremos uno a nuestro gusto!, si seguimos una religión ¡hagámoslo a nuestra manera! 

Aceptemos todo aquello que queramos y neguemos lo demás. ¿Para qué complicarnos? Si la diversidad sexual de hombre y mujer no nos parece suficiente ¡creemos todos los intermedios, mezclas y variedades que nos agraden!

Es así como los hombres y mujeres acaban perdiendo el sentido de la vida, empecinados en consentirse de tal manera que nada les resulte incomodo, que no haya motivo alguno para tener que someterse a algo que les desagrade. 

En pos de una vida cuyo máximo valor es la satisfacción de sí mismos, los seres humanos vamos perdiendo el contacto con una realidad que no queremos ver porque nos parece exigente y desagradable; zambulléndonos en el lago venenoso de la auto adoración esquivamos la fatigosa pero dignificante tarea de construirnos a nosotros mismos desde el bien y para el bien.

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