Las finales no se juegan

Dilma encabeza un Brasil que a pesar de algunos tropiezos forma parte de los famosos BRICS, cuyos indicadores de población, territorio y dinamismo económico los colocan a la vanguardia del desarrollo.

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Con la presencia de la presidente brasileña Dilma Roussef y la canciller alemana Ángela Merkel, se jugó la cerrada final del Mundial de Futbol. La presidente de Argentina Cristina Kirchner se disculpó de asistir, privándonos de un inusual encuentro entre estas tres mujeres líderes.

Dilma encabeza un Brasil que a pesar de algunos tropiezos forma parte de los famosos BRICS, abreviatura de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, cuyos indicadores de población, territorio y dinamismo económico los colocan a la vanguardia del desarrollo. 

Ángela, de izquierda en su juventud, hizo carrera en la poderosa Unión Demócrata Cristiana. Su papel rigorista, su férrea posición de austeridad para sortear la crisis europea y su influencia como cabeza de la economía más fuerte de Europa le han valido el sobrenombre de The Decider, la que decide, aunque la prolongación de la crisis erosiona su figura. 

Cristina Kirchner, en cambio, enfrenta una de las recurrentes crisis financieras que desgarran a la Argentina, que siguió un camino distinto al brasileño después de que las compras masivas de granos de China les lanzaran un salvavidas a ambos países a principios del siglo. 

Asistió también Vladimir Putin, presidente de la Rusia anfitriona del siguiente torneo, quien ya probó algo de la “grilla” internacional que le espera por encabezar un país con una extendida cultura homofóbica y leyes de ese tenor -que él promulgó- que contravienen el derecho internacional. El globo del fútbol también rodará en las lides para que la ley internacional prive sobre las legislaciones locales opuestas a los derechos humanos. Al tiempo.

En la imaginación, los dos papas estarían pendientes del resultado desde una prometida neutralidad, ya que a Francisco se le pidió oficialmente que no rezara por Argentina. Claro que los ocurrentes “memes” han sido un verdadero jolgorio, sin llegar, creo, a ser irreverentes. 

Vale citar al profundo intelectual Benedicto, quien dijo hace años del Mundial que no hay casi ningún otro acontecimiento en la tierra que alcance una repercusión de vastedad semejante, lo que demuestra que toca algo radicalmente humano, la libertad del juego que “vive de la regla, de la disciplina que aprende el actuar conjunto y el correcto enfrentamiento, el ser independiente del éxito exterior y de la arbitrariedad, y de ese modo llega a ser verdaderamente libre”.

Pero remata: “Naturalmente, todo esto puede pervertirse por un espíritu comercial que somete todo eso a la sombría seriedad del dinero, y el juego deja de ser tal para transformarse en una industria que suscita un mundo de apariencia de dimensiones horrorosas”.

Y otro remate a portería con palabras que parecen dedicadas a la selección argentina, del desaparecido astro Alfredo Di Stéfano, quien creía que de niño pudo haber jugado al futbol con el buen papa Francisco, cuando asistían a la misma escuela: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos” y el fulminante: “Las finales no se juegan, se ganan”.

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